sábado, 19 de mayo de 2018

Relato: Un mundo mejor

Saludos a todos los lectores. El relato que os presento a continuación es el resultado de un ejercicio literario. Entre un grupo de personas pensamos una serie de localizaciones, personajes y objetos; después los repartimos al azar para combinarlos y tomarlos como base para una historia. En mi caso, el personaje que me tocó fue una garrapata, la localización un zoológico, y los objetos son una cuchara y una compresa. En fin, os dejo con el resultado de semejante disparate:


UN MUNDO MEJOR


Hay que pedirle más a la vida, uno no se puede quedar siempre en el mismo lugar para siempre. El mundo que se conoce, los rostros familiares y todas las comodidades a las que nos acostumbramos… A la larga todo eso nos hace daño, nos vuelve blandos y estúpidos. ¡Ah! Qué fácil sería echar un trago de buena mañana y dormir durante horas, acunado por el ronroneo que se extiende por la lustrosa melena del león. Pero por bien que pueda sentar, hay tanto que explorar, hay tanto que ver, que eventualmente la experiencia más maravillosa del mundo se volvería mundana y aburrida. Aquella era la filosofía de James y la razón tras la decisión que había tomado.

—Así que te vas y me dejas, ¿es eso James? —repitió Cintia en voz alta, esperando que, al hacerlo, la persona a quien iban dirigidas las palabras se diese cuenta de lo ridículo que sonaba aquello.

—Lo siento, cariño. Sabías que este día llegaría. No soy de los que se asientan y dejan que se les haga el culo gordo.

—Pero creía que lo nuestro era especial, pensaba que te importaba.

—Lo era, y lo hiciste… por un tiempo. Pero esto es algo que tengo que hacer. Tú no lo entenderías. ¡Cómo podrías hacerlo! Viviendo la mayor parte de tu vida en el campo, despreocupadamente, sin temor a ser cruelmente extirpada. Tan solo acabaste entre nosotros por accidente. No sabes cómo es la vida en la ciudad.

—¿Es que no vivimos bien aquí?

—Cariño, esto no es la ciudad —respondió James ente risas—. Este lugar artificial es tan solo un destino donde retirarse a morir.

—Llévame contigo entonces.

—Allí fuera no durarías ni un minuto.

Dicho esto James le dio la espalda a Cintia y comenzó a brincar hacia el horizonte felino, pero antes de terminar de abandonar a aquella con quien había pasado tantos momentos agradables, pensó que al menos le debía algo a la todavía ingenua y joven criatura.

—Por cierto, deberías ir a que te hiciesen un chequeo. Soy portador de neuroborreliosis.

Y con aquella amarga revelación James dio un último salto y se dejó mecer por el viento hasta aterrizar con suavidad sobre el césped que cubría uno de los caminos cercanos a la jaula de los leones. Allí tenía una de sus muchas guaridas. Entre un montón de arena guardaba aquel instrumento que había pedido que le hiciesen a medida. Se trataba de una cucharita de plata con sus iníciales grabadas en el dorso. Sí, requería la herramienta apropiada para el mejor de los manjares. Nada de chupar como una garrapata cualquiera.

Trepó hasta la brizna de hierba más alta que pudo encontrar y miró a lo lejos, intentando localizar su destino. Era imposible vislumbrar el lugar desde aquella distancia, pero aun así, la promesa de un sitio mejor era todo lo que necesitaba. Casi podía oler el dulce néctar.

Tenía un largo camino por delante, más allá del serpentario y pasando el reino de los marsupiales. La tierra prometida se encontraba allí, siempre en movimiento, ocultándose, al alcance tan solo de los más audaces. Y la única pista que tenía para encontrarla era solamente un rumor extendido entre los parásitos, una leyenda como tantas otras que surgían cada día. Sin embargo, algo le decía a James que en esta ocasión no se trataba de un simple cuento de hadas, y estaba dispuesto a llegar hasta el final para descubrirlo.

Así pues, comenzó su larga travesía. Saltando sin descanso y aprovechando las corrientes de viento siempre que le era posible y el atrevimiento no presentaba un riesgo innecesario. Pero el tiempo pasaba y su destino no parecía estar más cerca. No, si continuaba a aquel paso jamás lo lograría. Tenía que pensar en algo. Si se demoraba demasiado llegaría la hora del cierre o, peor todavía, la tierra prometida se esfumaría para siempre, dejándole únicamente con un recuerdo negruzco y seco, con un ligero aroma de una promesa que jamás podría ser cumplida.

Entonces lo vio. La salvación de James se acercaba a gran velocidad con cuatro ruedas y una sonrisa inocente y juguetona.

Saltó sin estar muy seguro de sí mismo, y afortunadamente la suerte estuvo de su parte. Fue a parar a una mejilla sonrosada que estaba demasiado ocupada jugando con su sonajero como para reparar en su presencia. No sabía durante cuánto tiempo podría aprovecharse de aquel medio de transporte, pero en principio avanzaba en la dirección adecuada y aquello le facilitaría una buena parte del viaje. Y mientras tanto podría…

—Solo un sorbito —se dijo a sí mismo en voz alta, intentando convencerse de que sería capaz de resistirse a sus instintos naturales y no se dejaría llevar por el sangriento frenesí habitual.

Pero al final no lo hizo. James cerró los ojos con fuerza y no volvió a abrirlos hasta que hubo vencido la tentación. En el fondo sabía que no sería capaz de conformarse con un pequeño trago. Y aunque no dudaba que aquel jugo sería excelente, el breve instante de placer le conduciría a la perdición. Una madre protege fieramente a su retoño después de todo. No, se contuvo, sin perder de vista su objetivo y aguardó pacientemente.

El tiempo parecía pasar demasiado rápido, las sombras cambiaban a medida que el astro solar se cansaba de mantener su cenit. Y James cada vez se preocupaba más. Pero al final la espera acabó y sin demasiados percances alcanzó su destino. Llegó por sus propias patas, ya que tuvo que abandonar el cochecito de bebé prematuramente, con el rugir de un espantoso grito que denunciaba su presencia.

—¡Un bicho! —anunció la temerosa madre.

Y antes de que la mujer pudiese darse cuenta de qué tipo de bicho se trataba, James saltó y se perdió entre la maleza.

Había sido una lástima no haber podido terminar el viaje de aquel modo tan cómodo, pero lo que importaba era que todo había acabado. Allí, frente a los aseos femeninos, más allá de la multitud de compañeros curiosos que se agolpaba con inseguridad contra la puerta para insectos, estaba el santo grial.

—¿Sigue ahí? —preguntó James, buscando una confirmación.

—No lo sé, nadie la ha visto desde esta mañana —respondió Johnny, la cucaracha.

—¿Quién fue el último en verla?

—Dicen que fue Harriet.

—¿La mosquita? —adivinó James, recordando vagamente el nombre de otra de sus antiguas conquistas.

—Aja.

—¿Y bien? 

—¿Bien qué? —quiso saber Johnny, quien no terminaba de entender la pregunta.

—¿Dónde está Harriet? —inquirió James, empezando a impacientarse.

—Ha fallecido. Por lo que he escuchado ha acabado estampada contra el espejo de los lavabos —Johnny hizo una pausa y después pensó que era apropiado añadir algo más, dadas las circunstancias—. Lo siento tío, sé que tuvisteis algo.

—No importa, apenas la recuerdo —explicó James brevemente, sabiendo que la cucaracha no tenía muchas luces y no merecía la pena hablar con él más de la cuenta—. Pero, dejando eso a un lado —dijo, cambiando así de tema y regresando al asunto que le interesaba—, ¿me quieres decir que nadie ha vuelto a entrar para confirmar que sigue ahí?

—No, nadie se ha atrevido después de los de Harriet. Tienen miedo, todos lo tenemos. Pero ya ves, aquí estamos, movidos por la curiosidad. Ni entramos ni nos vamos.

—Ya veo…

James se dio cuenta de que en realidad aquella situación le favorecía. Era cierto que la duda le atemorizaba un poco. No obstante, nadie había mencionado que hubiese venido el equipo de limpieza, y de hecho, si eso hubiese ocurrido, ninguno de aquellos curiosos seguiría allí esperando junto a la puerta. Pero si nadie se atrevía a entrar, James, que no se atemorizaba con facilidad, sería el primero en acceder al botín.

Así pues, sin molestarse en pedir permiso para pasar, se abrió camino entre la multitud a la fuerza y pasó al interior de los aseos, ignorando las voces de suplica y advertencia que permanecieron tras él, cada vez más lejanas.

No tenía miedo. Era lo suficientemente pequeño como para pasar desapercibido en la mayoría de situaciones. Pero eso no quería decir que fuese a actuar de forma temeraria. Continuó avanzando, atento a cualquier estimulo a su alrededor. No parecía haber nadie en el interior en aquel momento, lo que le facilitaba mucho la labor que tenía por delante. Su destino se encontraba en el suelo, junto a la papelera en uno de los inodoros del fondo. Tras la inspección inicial, no pudo evitar dejar escapar una sonrisa de victoria. Tenía vía libre y no había razón alguna para demorarse más.

Sin embargo, cuando se hallaba a medio camino, se detuvo bruscamente. Ya fuese por curiosidad morbosa o por darle un rostro al nombre del recuerdo de una noche salvaje, tuvo que hacerlo. Giró el cuerpo y miró hacia el espejo.

La imagen era dantesca. La asesina ni siquiera se había detenido a limpiar los restos y había dejado aquel pegote de sangre y vísceras pegado a la superficie del cristal. James sintió nauseas al ver el macabro aviso. Eso no era Harriet, no podía serlo, entre todo aquel amasijo no se encontraba su sanguinaria amante. Su rostro, ahora desaparecido para siempre, continuaría siendo un misterio para James. Quizás era mejor así, pensó, no era momento de ponerse sentimental.

Decidió dejar aquel mal trago en el pasado, donde pertenecía, sin pararse a pensar en que su presencia en aquel lugar no era bienvenida y Harriet se había convertido un testimonio de ello. Y continuó, sin mirar atrás, hasta que alcanzó la papelera.

El olor era embriagador, tanto que James no necesitaba verla para saber que se encontraba ahí. Dio la vuelta al recipiente metálico y dio con la compresa, arrojada torpemente y con prisas por alguien que no se había parado a recogerla de nuevo al no atinar en la papelera. Y en ese instante James lloró. Se sintió profundamente emocionado, allí a solas con el objeto de su deseo, con su trofeo a la audacia que había demostrado, su premio al final del camino.

Dio un salto sin pensar, dejándose llevar por unas patas que se movían solas y se revolcó en la no tan blanca ni tan esponjosa superficie. Y entonces… Entonces se maldijo a sí mismo y paró.

El sonido de los altavoces retumbaba por todas partes, anunciando que había llegado la hora del cierre del zoológico. Eso quería decir que los visitantes debían abandonar los terrenos. Eso quería decir que James se había quedado a medio camino de su propósito inicial. Con un caramelo reseco y marrón entre los labios. Se había quedado tan cerca… Tan solo hubiese tenido que seguir el olor…

Se sumió en una profunda depresión. Incluso cuando se encontraba todavía rebozándose en lo que debía ser el paraíso para muchos de su especie, no podía evitar pensar que aquello no era suficiente, que su viaje había sido en vano. Quizás debía haber hecho caso a Cintia por la mañana, quizás el ingenuo era él mismo y debería haberse conformado con lo que tenía, con la mullida melena del león, con la orgía de sangre y sexo en compañía de una garrapata de campo a la que se había acostumbrado.

Y justo en ese instante, cuando estaba a punto de tomar la decisión de regresar a la casa que había decidido abandonar, se abrió la puerta de los aseos.

El aroma era inconfundible. La antigua propietaria del trofeo donde todavía descansaba James había regresado al lugar del crimen contra todo pronóstico. Y no podía haber sido en mejor momento, justo cuando James había perdido la esperanza. La garrapata entendió entonces su error. Había pensado que la compresa pertenecía a una visitante, cuando en realidad había sido abandonada por una de las empleadas, una que además tenía su puesto de trabajo junto a aquellos aseos, motivo por el cual no era de extrañar que tuviese que regresar a aquel lugar con relativa frecuencia.

James esperó, observando desde su escondite cómo la mujer procedía con su ritual habitual. Y entonces, aprovechando el momento en que la empleada se ponía en pie y no reparaba en lo que ocurría bajo ella, James saltó a sus piernas. Ascendió desesperadamente, guiándose únicamente por el olfato, hasta que finalmente, completamente agotado por el esfuerzo, alcanzó la tierra prometida en el último momento, antes de ser cubierto por una fila y delicada tela que le dejó sumido en las tinieblas.

En la más absoluta oscuridad, y sin que ello le supusiese problema alguno, James se acomodó entre la jungla púbica, junto a la calidez de una fuente mucho más abundante de lo que hubiese podido imaginar en sus sueños más salvajes. Aspiró con fuerza y se sintió feliz al hacerlo, siendo capaz de emborracharse sin haber siquiera comenzado a catar el néctar. Entonces, satisfecho y excitado, sacó su cucharilla de plata y se permitió probar bocado. Así debía ser, sin picaduras, sin succiones indecorosas. Tan solo una garrapata afortunada paladeando gustosamente un vívido sueño convertido en realidad.

Bebió hasta saciarse y entonces todavía bebió un poco más, pues la cuchara se volvió inútil y se perdió entre aquel torrente que no dejaba a emanar. James pataleó, sin entender lo que pasaba, entre un flujo abundante que era más de lo que su diminuto cuerpo podía retener.

Volvió a pensar en Cintia, suplicándole que se quedara. Volvió a pensar en Harriet, aplastada contra el espejo como un augurio de lo que le deparaba el futuro. Y pensó en Johnny, la cucaracha, temerosa, pero viva y a salvo.

Pensó hasta que dejó de hacerlo, hasta que decidió dejarse llevar por un último momento de placer, bebiendo hasta hartarse en el mundo mejor que había deseado. Y así acabó todo para James, en parte arrepentido y en parte felizmente embriagado.

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