martes, 30 de octubre de 2018

Relato: El rostro

Hoy os traigo un relato de terror recién salido de los altos hornos infernales para contribuir así al ambiente de la temporada. Os animo a reuniros por la noche, a bajar las luces y sentaros muy cerca los unos de los otros, para así, entre susurros, narrar las más escalofriantes historias.
¡Feliz noche de Halloween! Y cuidado al volver la cabeza, porque si no reconocéis a la persona que tenéis al lado quizás estéis contemplando...


EL ROSTRO


Allí estaba otra vez. Observándole entre la multitud con esa sonrisa burlona, diciéndole con la mirada: “Aquí estoy, siempre estoy aquí”.

La gente en el interior del vagón del metro pasaba junto a aquel ser sin inmutarse, ignorando la verdadera naturaleza de la criatura, aparentemente incapaces de ver la realidad. Pero Rodrigo lo veía, por desgracia lo veía.

Al principio, algunos años atrás, se le había aparecido como un espejismo, o como un extraño efecto óptico provocado por un reflejo de la luz. Lo había achacado al cansancio. Sin embargo, a partir de ese momento, las apariciones se hicieron cada vez más frecuentes. En ocasiones levantaba la mirada y se encontraba el rostro observándole desde la ventana de algún edificio; otras veces, como aquella, era una persona más viajando en el metro, camuflándose entre el resto de viajeros.

Su apariencia era engañosa. Sus rasgos aparentemente humanos. En aquel rostro estaban presentes todas las partes fundamentales: dos ojos, una nariz, unos labios, los pómulos, las mejillas, la barbilla, incluso las pequeñas arrugas y marcas producidas por la edad y las expresiones faciales. Pero ninguno de aquellos detalles funcionaba en conjunto. Era como ver una reproducción imperfecta de una obra de arte, se trataba de un Picasso viviente, o más bien como si alguien hubiese intentado corregir y recolocar las formas del rostro de un Picasso, ignorando el propósito del artista o siendo incapaz de entenderlo. Sí, grotesco, corrupto, artificial… aquel no era el rostro de un ser humano, sino el de un ser que lo imitaba, burlándose descaradamente.

Rodrigo se preguntaba por qué motivo la criatura había decidido acosarle, torturándole con su presencia, amenazándole sin decirle nada. Y no con poca frecuencia había pensado que todo había sido un desafortunado accidente. Quizás la primera vez que lo vio fue debido a unas condiciones especiales, algo que ocurría en raras ocasiones a algunas personas, quienes inmediatamente ignoraban y olvidaban el suceso. Pero él no había podido olvidarlo, se había obsesionado con el rostro, lo había buscado entre la multitud una y otra vez, temiendo su presencia, pero necesitando encontrarlo, para poder convencerse a sí mismo de que no estaba perdiendo el juicio. Y al final ocurrió lo inevitable, el ser se percató, se dio cuenta de que Rodrigo lo había reconocido por lo que era realmente, se dio cuenta de que había una persona en el mundo para quien sus perversos planes, fuesen cuales fuesen, no pasaban desapercibidos. Así pues, el ser había decidió aterrorizarle, jugando con él a aquel siniestro juego del ratón y el gato.

Durante un tiempo desapareció. Rodrigo no lo vio durante 3 o 4 meses. No pudo olvidarlo, pero se relajó, empezó e pensar que después de todo, el asunto había sido solo su imaginación. Pero, por supuesto, aquel no había sido sino otro juego más. Cuando la criatura reapareció, lo hizo más osada que nunca antes. Rodrigo lo encontró en el trabajo, tomando el ascensor justo antes que él y forzándole a coger el siguiente, para no compartir un habitáculo tan pequeño y asfixiante con el insidioso ser. Después lo encontró caminando por la acera contraria a la suya, en el fondo del bar donde tomaba cervezas con sus compañeros, en la cola de la taquilla de un cine, en el asiento del copiloto del vehículo circulando en dirección contraria…

El rostro estaba en todas partes. Cada vez que Rodrigo salía a la calle se sentía observado, incluso cuando no se topaba directamente con la criatura, sabía que esta estaba allí, en algún sitio, esperando el momento adecuado para sorprenderle y angustiarle con su presencia. La duda se convirtió en ansiedad, en malestar, en inseguridad, en terror. Pero no podía compartirlo con nadie, la vida seguía y tenía gastos, tenía familia y compromisos sociales. Así que disimuló lo mejor que pudo. Se mantuvo firme cuando le temblaban las rodillas, se secó discretamente el sudor de la frente, desvió rápidamente la mirada cuando el horror inimaginable le invitaba a mantenerlo vigilado.

Al acceder al vagón del metro había esperado encontrarlo allí, y al bajar en su parada lo hizo sabiendo que no sería el único en hacerlo, una mirada perversa le seguiría de cerca. Se estaba acostumbrando. No le gustaba, pero había empezado a tolerarla.

¡Ah! Si todo hubiese acabado ahí, con esa no tan inocente persecución malévola. Pero Rodrigo no tardó en descubrir que aquello había sido solo el principio de la pesadilla.

La criatura se fue volviendo cada vez más audaz y, viendo que su víctima se estaba habituando a su presencia, dio un paso más, decidido a terminar de sumergir a Rodrigo en el inmensurable abismo de la locura.

El rostro comenzó a aparecerse entre los miembros de su círculo de amigos, entre sus familiares y sus seres queridos. Suplantó a todos aquellos en quienes Rodrigo hubiese podido apoyarse y confiar, dejándole así indefenso y abocándole a la más absoluta de las soledades. Y es que no le quedó más remedio que abandonar el mundo. Cuando ya no fue capaz de confiar en nadie, cuando el rostro era todos los rostros, decidió que la única manera de no volver a encontrarlo era recluirse en su propia casa, cerrar las persianas, desconectar el televisor, y evitar así encontrarse con nadie. Si no era capaz de ver a ninguna persona, nadie tendría aquel rostro monstruoso, y quizás, con el tiempo, la criatura se olvidaría de él y dejaría de atormentarle.

En el interior de su auto-impuesta reclusión, mientras los minutos se convertían en horas, con los mínimos estímulos a su alcance, podía escuchar las conversaciones de sus vecinos y se preguntaba si alguno de ellos tendría el rostro de la criatura, si se acercarían a pedirle un poco de sal con aquella sonrisa macabra e inhumana. Rodrigo notaba su corazón acelerarse con el solo pensamiento de tener a la criatura a tan solo unos escasos centímetros de sus cara, lanzándole su nauseabundo aliento de otro mundo, escupiéndole con falsas palabras mal pronunciadas, mirándole con ojos de pesadilla que soñaban con devorar su alma.

Sintió una repentina arcada, asqueado con la horripilante posibilidad de encontrarse en semejante situación. Corrió hacia el cuarto de baño, resistiendo a duras penas, esforzándose por contener la masa pútrida que luchaba por salir de sus entrañas. Y alcanzó el retrete justo a tiempo, expulsando así el ácido contenido de un estomago que no había probado bocado en los cuatro días que había durado su confinamiento.

“Solo un poco más”, se dijo a sí mismo una vez acabó el suplicio, pero sin quitarse el amargo sabor de la boca. Consciente de que, en realidad, no sabía si en algún momento tendría la fuerza suficiente para regresar a la calle y enfrentarse de nuevo al temor de encontrarse con un rostro que quizás le estuviese esperando frente al umbral de su casa.

Se enjuagó la boca y se humedeció la cara, sintiéndose ligeramente aliviado al contacto del agua. Y entonces levantó la mirada y se meó encima.

Se encontró cara a cara con el rostro de su pesadilla viviente, devolviéndole la mirada, rechinando los dientes, con los ojos abiertos como si fuesen a salirse de sus órbitas, con los labios agrietados y sanguinolentos, con las mejillas hundidas entre los huesos de su escuálida calavera.

Allí estaba otra vez. El rostro estaba en el espejo, un rostro que no necesitaba a nadie más para materializarse ante la mirada de Rodrigo. Había creído que estaba seguro en soledad, cuando en realidad había invitado al ser a apropiarse de su propio cuerpo.

Presa del pánico, decidió acabar de una vez por todas con la criatura. Abrió un cajón y sacó unas tijeras de cortar el pelo. Y entonces miró el rostro una última vez, apenado al ver al ser que le había robado la cara. Valoró sus opciones con frialdad. Se acarició la nariz con el filo de las tijeras, abiertas de par en par, preparadas para destruir aquello que no era humano, y se dio cuenta de que era una locura sin sentido. Aunque ahora mutilase a la criatura, estaba seguro de que volvería a encontrarla en el exterior; el rostro se apropiaría de otra persona, de un desconocido, o incluso de un amigo.

No, en realidad solo había una manera de poner fin a la pesadilla. Sujetó las tijeras con firmeza y las clavó con fuerza, dando un agonizante alarido, intentando resistir el dolor y tratando de no desvanecerse antes de terminar la tarea, pero aliviado al pensar que jamás volvería a encontrarse con el rostro. Al fin y al cabo, ojos que no ven…

miércoles, 10 de octubre de 2018

Microrrelato: Ladridos

October is the month in which interesting people have their birthdays (yep, I'm including myself).

Una excusa tan buena como cualquier otra para hacer una breve entrada entrada en el blog, aunque sea con un pequeño microrrelato. De paso, también recuerdo que la novela episódica que estoy publicando sigue actualizándose y recientemente colgué el final del segundo capítulo, podéis encontrar la novela haciendo clic AQUÍ.

And, you know, if you visit the blog, comments are always welcome, that will encourage me to continue updating.


LADRIDOS

Le tenía terror. Frecuentemente se desviaba del camino y tomaba la ruta alternativa para evitarlo. No obstante, en ocasiones, no le quedaba más remedio que atravesar el campo custodiado por la bestia de oscuro pelaje. 

En cuanto el animal le escuchaba acercarse, comenzaba a ladrar amenazadoramente. Se acercaba y daba vueltas alrededor suyo, gruñendo y enseñando los dientes, esperando un gesto desafiante para atacar. 

Eso era todo. El perro jamás le había mordido. Ni a él, ni a nadie que conociese. Aun así, su miedo irracional era más fuerte, y le ordenaba evitar semejante situación.

Es por ello que se sorprendió de sí mismo, llorando perplejo, cuando se enteró de la tragedia. El pobre animal había sido víctima de un atropello y había fallecido.

Después de aquello nunca más volvió a atravesar aquel campo. La ausencia de los familiares ladridos le causaba mas desasosiego que el miedo que había llegado a sentir por estos.

lunes, 18 de junio de 2018

El Viento de Kalen

Saludos,
Hace bastante tiempo mencioné que uno de los proyectos de futuro que tenía para el blog era escribir una novela episódica, de actualizaciones semanales. Bien, finalmente he iniciado dicho proyecto. La novela elegida ha sido El Viento de Kalen, una historia de fantasía, cuyo primer volumen escribí hace ya algún tiempo y lo tenía "guardado en un cajón". Este libro estaba pensado como el primero de una saga de tres o cuatro volúmenes si me ciño al plan original. De hecho, solo esta primera parte es ya de por sí bastante voluminosa con más de 140.000 palabras, con lo que habrá actualizaciones para largo.
En fin, a continuación os dejo con la sinopsis de la historia y un enlace donde podéis empezar a leer la novela. Espero que os guste y por favor sed libres de comentar y aportar vuestras opiniones e ideas en la página de la novela.




Kevin es un joven en una etapa crucial de su vida. Tras abandonar la comodidad de su hogar y haberse distanciado de sus antiguas amistades, no le queda más remedio que acabar viviendo en casa de su tío mientras busca incansablemente un trabajo con el que poder independizarse. Pero ese acaba siendo el menor de sus problemas cuando, después de tener un vívido sueño, trae consigo al mundo real a una extraña joven de una raza fantástica y un mágico instrumento capaz de abrir portales entre mundos paralelos. A partir de ese momento dará comienzo un viaje repleto de horrores y maravillas más allá de la imaginación, con el único propósito de recuperar su ordinaria y tranquila vida, ignorando que el destino le tiene guardado un futuro bien distinto. Ya sea cruzando un abrasador desierto, enfrentándose a perversas criaturas, escapando de la más inexpugnable de las prisiones o atravesando bosques de leyenda, el viento de Kalen guiará su camino.

Empieza a leer la historia desde el principio AQUÍ

sábado, 19 de mayo de 2018

Relato: Un mundo mejor

Saludos a todos los lectores. El relato que os presento a continuación es el resultado de un ejercicio literario. Entre un grupo de personas pensamos una serie de localizaciones, personajes y objetos; después los repartimos al azar para combinarlos y tomarlos como base para una historia. En mi caso, el personaje que me tocó fue una garrapata, la localización un zoológico, y los objetos son una cuchara y una compresa. En fin, os dejo con el resultado de semejante disparate:


UN MUNDO MEJOR


Hay que pedirle más a la vida, uno no se puede quedar siempre en el mismo lugar para siempre. El mundo que se conoce, los rostros familiares y todas las comodidades a las que nos acostumbramos… A la larga todo eso nos hace daño, nos vuelve blandos y estúpidos. ¡Ah! Qué fácil sería echar un trago de buena mañana y dormir durante horas, acunado por el ronroneo que se extiende por la lustrosa melena del león. Pero por bien que pueda sentar, hay tanto que explorar, hay tanto que ver, que eventualmente la experiencia más maravillosa del mundo se volvería mundana y aburrida. Aquella era la filosofía de James y la razón tras la decisión que había tomado.

—Así que te vas y me dejas, ¿es eso James? —repitió Cintia en voz alta, esperando que, al hacerlo, la persona a quien iban dirigidas las palabras se diese cuenta de lo ridículo que sonaba aquello.

—Lo siento, cariño. Sabías que este día llegaría. No soy de los que se asientan y dejan que se les haga el culo gordo.

—Pero creía que lo nuestro era especial, pensaba que te importaba.

—Lo era, y lo hiciste… por un tiempo. Pero esto es algo que tengo que hacer. Tú no lo entenderías. ¡Cómo podrías hacerlo! Viviendo la mayor parte de tu vida en el campo, despreocupadamente, sin temor a ser cruelmente extirpada. Tan solo acabaste entre nosotros por accidente. No sabes cómo es la vida en la ciudad.

—¿Es que no vivimos bien aquí?

—Cariño, esto no es la ciudad —respondió James ente risas—. Este lugar artificial es tan solo un destino donde retirarse a morir.

—Llévame contigo entonces.

—Allí fuera no durarías ni un minuto.

Dicho esto James le dio la espalda a Cintia y comenzó a brincar hacia el horizonte felino, pero antes de terminar de abandonar a aquella con quien había pasado tantos momentos agradables, pensó que al menos le debía algo a la todavía ingenua y joven criatura.

—Por cierto, deberías ir a que te hiciesen un chequeo. Soy portador de neuroborreliosis.

Y con aquella amarga revelación James dio un último salto y se dejó mecer por el viento hasta aterrizar con suavidad sobre el césped que cubría uno de los caminos cercanos a la jaula de los leones. Allí tenía una de sus muchas guaridas. Entre un montón de arena guardaba aquel instrumento que había pedido que le hiciesen a medida. Se trataba de una cucharita de plata con sus iníciales grabadas en el dorso. Sí, requería la herramienta apropiada para el mejor de los manjares. Nada de chupar como una garrapata cualquiera.

Trepó hasta la brizna de hierba más alta que pudo encontrar y miró a lo lejos, intentando localizar su destino. Era imposible vislumbrar el lugar desde aquella distancia, pero aun así, la promesa de un sitio mejor era todo lo que necesitaba. Casi podía oler el dulce néctar.

Tenía un largo camino por delante, más allá del serpentario y pasando el reino de los marsupiales. La tierra prometida se encontraba allí, siempre en movimiento, ocultándose, al alcance tan solo de los más audaces. Y la única pista que tenía para encontrarla era solamente un rumor extendido entre los parásitos, una leyenda como tantas otras que surgían cada día. Sin embargo, algo le decía a James que en esta ocasión no se trataba de un simple cuento de hadas, y estaba dispuesto a llegar hasta el final para descubrirlo.

Así pues, comenzó su larga travesía. Saltando sin descanso y aprovechando las corrientes de viento siempre que le era posible y el atrevimiento no presentaba un riesgo innecesario. Pero el tiempo pasaba y su destino no parecía estar más cerca. No, si continuaba a aquel paso jamás lo lograría. Tenía que pensar en algo. Si se demoraba demasiado llegaría la hora del cierre o, peor todavía, la tierra prometida se esfumaría para siempre, dejándole únicamente con un recuerdo negruzco y seco, con un ligero aroma de una promesa que jamás podría ser cumplida.

Entonces lo vio. La salvación de James se acercaba a gran velocidad con cuatro ruedas y una sonrisa inocente y juguetona.

Saltó sin estar muy seguro de sí mismo, y afortunadamente la suerte estuvo de su parte. Fue a parar a una mejilla sonrosada que estaba demasiado ocupada jugando con su sonajero como para reparar en su presencia. No sabía durante cuánto tiempo podría aprovecharse de aquel medio de transporte, pero en principio avanzaba en la dirección adecuada y aquello le facilitaría una buena parte del viaje. Y mientras tanto podría…

—Solo un sorbito —se dijo a sí mismo en voz alta, intentando convencerse de que sería capaz de resistirse a sus instintos naturales y no se dejaría llevar por el sangriento frenesí habitual.

Pero al final no lo hizo. James cerró los ojos con fuerza y no volvió a abrirlos hasta que hubo vencido la tentación. En el fondo sabía que no sería capaz de conformarse con un pequeño trago. Y aunque no dudaba que aquel jugo sería excelente, el breve instante de placer le conduciría a la perdición. Una madre protege fieramente a su retoño después de todo. No, se contuvo, sin perder de vista su objetivo y aguardó pacientemente.

El tiempo parecía pasar demasiado rápido, las sombras cambiaban a medida que el astro solar se cansaba de mantener su cenit. Y James cada vez se preocupaba más. Pero al final la espera acabó y sin demasiados percances alcanzó su destino. Llegó por sus propias patas, ya que tuvo que abandonar el cochecito de bebé prematuramente, con el rugir de un espantoso grito que denunciaba su presencia.

—¡Un bicho! —anunció la temerosa madre.

Y antes de que la mujer pudiese darse cuenta de qué tipo de bicho se trataba, James saltó y se perdió entre la maleza.

Había sido una lástima no haber podido terminar el viaje de aquel modo tan cómodo, pero lo que importaba era que todo había acabado. Allí, frente a los aseos femeninos, más allá de la multitud de compañeros curiosos que se agolpaba con inseguridad contra la puerta para insectos, estaba el santo grial.

—¿Sigue ahí? —preguntó James, buscando una confirmación.

—No lo sé, nadie la ha visto desde esta mañana —respondió Johnny, la cucaracha.

—¿Quién fue el último en verla?

—Dicen que fue Harriet.

—¿La mosquita? —adivinó James, recordando vagamente el nombre de otra de sus antiguas conquistas.

—Aja.

—¿Y bien? 

—¿Bien qué? —quiso saber Johnny, quien no terminaba de entender la pregunta.

—¿Dónde está Harriet? —inquirió James, empezando a impacientarse.

—Ha fallecido. Por lo que he escuchado ha acabado estampada contra el espejo de los lavabos —Johnny hizo una pausa y después pensó que era apropiado añadir algo más, dadas las circunstancias—. Lo siento tío, sé que tuvisteis algo.

—No importa, apenas la recuerdo —explicó James brevemente, sabiendo que la cucaracha no tenía muchas luces y no merecía la pena hablar con él más de la cuenta—. Pero, dejando eso a un lado —dijo, cambiando así de tema y regresando al asunto que le interesaba—, ¿me quieres decir que nadie ha vuelto a entrar para confirmar que sigue ahí?

—No, nadie se ha atrevido después de los de Harriet. Tienen miedo, todos lo tenemos. Pero ya ves, aquí estamos, movidos por la curiosidad. Ni entramos ni nos vamos.

—Ya veo…

James se dio cuenta de que en realidad aquella situación le favorecía. Era cierto que la duda le atemorizaba un poco. No obstante, nadie había mencionado que hubiese venido el equipo de limpieza, y de hecho, si eso hubiese ocurrido, ninguno de aquellos curiosos seguiría allí esperando junto a la puerta. Pero si nadie se atrevía a entrar, James, que no se atemorizaba con facilidad, sería el primero en acceder al botín.

Así pues, sin molestarse en pedir permiso para pasar, se abrió camino entre la multitud a la fuerza y pasó al interior de los aseos, ignorando las voces de suplica y advertencia que permanecieron tras él, cada vez más lejanas.

No tenía miedo. Era lo suficientemente pequeño como para pasar desapercibido en la mayoría de situaciones. Pero eso no quería decir que fuese a actuar de forma temeraria. Continuó avanzando, atento a cualquier estimulo a su alrededor. No parecía haber nadie en el interior en aquel momento, lo que le facilitaba mucho la labor que tenía por delante. Su destino se encontraba en el suelo, junto a la papelera en uno de los inodoros del fondo. Tras la inspección inicial, no pudo evitar dejar escapar una sonrisa de victoria. Tenía vía libre y no había razón alguna para demorarse más.

Sin embargo, cuando se hallaba a medio camino, se detuvo bruscamente. Ya fuese por curiosidad morbosa o por darle un rostro al nombre del recuerdo de una noche salvaje, tuvo que hacerlo. Giró el cuerpo y miró hacia el espejo.

La imagen era dantesca. La asesina ni siquiera se había detenido a limpiar los restos y había dejado aquel pegote de sangre y vísceras pegado a la superficie del cristal. James sintió nauseas al ver el macabro aviso. Eso no era Harriet, no podía serlo, entre todo aquel amasijo no se encontraba su sanguinaria amante. Su rostro, ahora desaparecido para siempre, continuaría siendo un misterio para James. Quizás era mejor así, pensó, no era momento de ponerse sentimental.

Decidió dejar aquel mal trago en el pasado, donde pertenecía, sin pararse a pensar en que su presencia en aquel lugar no era bienvenida y Harriet se había convertido un testimonio de ello. Y continuó, sin mirar atrás, hasta que alcanzó la papelera.

El olor era embriagador, tanto que James no necesitaba verla para saber que se encontraba ahí. Dio la vuelta al recipiente metálico y dio con la compresa, arrojada torpemente y con prisas por alguien que no se había parado a recogerla de nuevo al no atinar en la papelera. Y en ese instante James lloró. Se sintió profundamente emocionado, allí a solas con el objeto de su deseo, con su trofeo a la audacia que había demostrado, su premio al final del camino.

Dio un salto sin pensar, dejándose llevar por unas patas que se movían solas y se revolcó en la no tan blanca ni tan esponjosa superficie. Y entonces… Entonces se maldijo a sí mismo y paró.

El sonido de los altavoces retumbaba por todas partes, anunciando que había llegado la hora del cierre del zoológico. Eso quería decir que los visitantes debían abandonar los terrenos. Eso quería decir que James se había quedado a medio camino de su propósito inicial. Con un caramelo reseco y marrón entre los labios. Se había quedado tan cerca… Tan solo hubiese tenido que seguir el olor…

Se sumió en una profunda depresión. Incluso cuando se encontraba todavía rebozándose en lo que debía ser el paraíso para muchos de su especie, no podía evitar pensar que aquello no era suficiente, que su viaje había sido en vano. Quizás debía haber hecho caso a Cintia por la mañana, quizás el ingenuo era él mismo y debería haberse conformado con lo que tenía, con la mullida melena del león, con la orgía de sangre y sexo en compañía de una garrapata de campo a la que se había acostumbrado.

Y justo en ese instante, cuando estaba a punto de tomar la decisión de regresar a la casa que había decidido abandonar, se abrió la puerta de los aseos.

El aroma era inconfundible. La antigua propietaria del trofeo donde todavía descansaba James había regresado al lugar del crimen contra todo pronóstico. Y no podía haber sido en mejor momento, justo cuando James había perdido la esperanza. La garrapata entendió entonces su error. Había pensado que la compresa pertenecía a una visitante, cuando en realidad había sido abandonada por una de las empleadas, una que además tenía su puesto de trabajo junto a aquellos aseos, motivo por el cual no era de extrañar que tuviese que regresar a aquel lugar con relativa frecuencia.

James esperó, observando desde su escondite cómo la mujer procedía con su ritual habitual. Y entonces, aprovechando el momento en que la empleada se ponía en pie y no reparaba en lo que ocurría bajo ella, James saltó a sus piernas. Ascendió desesperadamente, guiándose únicamente por el olfato, hasta que finalmente, completamente agotado por el esfuerzo, alcanzó la tierra prometida en el último momento, antes de ser cubierto por una fila y delicada tela que le dejó sumido en las tinieblas.

En la más absoluta oscuridad, y sin que ello le supusiese problema alguno, James se acomodó entre la jungla púbica, junto a la calidez de una fuente mucho más abundante de lo que hubiese podido imaginar en sus sueños más salvajes. Aspiró con fuerza y se sintió feliz al hacerlo, siendo capaz de emborracharse sin haber siquiera comenzado a catar el néctar. Entonces, satisfecho y excitado, sacó su cucharilla de plata y se permitió probar bocado. Así debía ser, sin picaduras, sin succiones indecorosas. Tan solo una garrapata afortunada paladeando gustosamente un vívido sueño convertido en realidad.

Bebió hasta saciarse y entonces todavía bebió un poco más, pues la cuchara se volvió inútil y se perdió entre aquel torrente que no dejaba a emanar. James pataleó, sin entender lo que pasaba, entre un flujo abundante que era más de lo que su diminuto cuerpo podía retener.

Volvió a pensar en Cintia, suplicándole que se quedara. Volvió a pensar en Harriet, aplastada contra el espejo como un augurio de lo que le deparaba el futuro. Y pensó en Johnny, la cucaracha, temerosa, pero viva y a salvo.

Pensó hasta que dejó de hacerlo, hasta que decidió dejarse llevar por un último momento de placer, bebiendo hasta hartarse en el mundo mejor que había deseado. Y así acabó todo para James, en parte arrepentido y en parte felizmente embriagado.

domingo, 16 de julio de 2017

Cortometraje: Un último pensamiento

Recientemente he estado colaborando con un grupo de aficionados a la realización de cortometrajes. Nuestro trabajo más reciente es un cortometraje que he escrito y dirigido yo, basado en un antiguo relato breve mío. Dentro de lo que cabe, y para estar realizado con medios limitados, ha quedado bastante bien, a pesar de mi inexperiencia como director. En cuanto a los actores, todos ellos realizaron un trabajo extraordinario.

A continuación os dejo el vídeo:


sábado, 17 de junio de 2017

Relato: En la luna

EN LA LUNA

En el cráter más alejado de la cara oculta de la luna, en una humilde casita, habita un viejo ermitaño que, con el paso del tiempo, ha aprendido a beber de la vía láctea y a alimentarse de los rastros golosos de la cola de los cometas.

No siempre vivió aquí, aunque tampoco recuerda cuándo llegó o cómo lo hizo. El tiempo transcurre de forma diferente en el espacio exterior, y en la luna no hay relojes ni amables vecinos a quienes preguntarles la hora.

Pese a ser el único habitante de la luna, nunca se siente solo ni se aburre. Juega al golf con agujeros negros, discute filosofía con los dioses, y nada en las corrientes infinitas de la esencia primigenia del universo. Las leyes de la física no se le aplican; al no conocerlas, no se siente oprimido por ellas.

Al viejo ermitaño no le importa no relacionarse con nadie más. Añora sin tristeza y recuerda sin pesar a sus seres queridos; ahora lejanos en la Tierra, son minúsculos fragmentos de una vida pasada. Después de todo, se encuentra en un paraíso privado. Mejor que una isla desierta, mejor que una apartada cabaña en el monte. En su luna, él es soberano y libre, más libre de lo que cualquier terrestre lo será jamás.

Todas las mañanas saluda al astro rey, desayuna polvo estelar y se va a dar un paseo. Avanza dando brincos, con alegres y despreocupadas zancadas. En la Tierra, sus huesos y sus articulaciones fallaban, la gravedad le empujaba sobre una restrictiva silla de ruedas. Pero en la luna no; en la luna se siente ligero, incluso más que en su juventud.

Todas las noches la luna cambia de forma, le acuna y le mece hasta quedarse dormido. Y en sus sueños, el ermitaño ya no sueña con cabalgar a lomos del viento y volar, ese es un ideal que ya ha alcanzado, e incluso superado. En sus sueños ve el presente, un concepto abstracto y difícil de aceptar para la mayoría. Pues en un tiempo constantemente cambiante, el presente ya es pasado y nunca tenemos el privilegio de poder detenernos a contemplarlo y recrearnos con toda su belleza.

Al otro lado de una solitaria ventana, sobre una luna más allá del firmamento, en una noche salpicada de estrellas, el ermitaño ha olvidado ya el sonido que le perturbaba. El pitido monótono y regular se quedó atrás, en una habitación aséptica, cuando él emprendió su viaje. Ahora sonríe por quienes no pueden hacerlo, vela en lo alto por todos ellos.

Es feliz.

viernes, 10 de marzo de 2017

Relato: Pecadores


Al amparo de la oscuridad, trémulos los cuerpos, frías las cadenas; entre susurros, los presos sollozan. El eco de los pasos, firmes e incesantes, resuena en el cráneo de temerosos pecadores. Su pecado fue el vivir libres en un mundo donde cada acto está regulado, donde no hay espacio para la conducta espontanea, donde no se debe romper la fila.

El día se ha perdido, la mañana no llegará para estas pobres almas desesperanzadas. Así es como se doblega la voluntad de los últimos vestigios de una felicidad pasada. Los únicos seres queridos son sus propias extremidades, brazos y piernas que echarán en falta cuando les llegue el turno de alimentar a sus compañeros.

No existe el tiempo, es completamente arbitrario, imposible de medir pese a las tareas diarias. A veces se lavan antes, a veces más tarde, y a veces los dejan semanas enteras oliendo sus propias heces, que van acumulándose en un pútrido rincón, justo al lado del lecho donde duermen. Sus sueños son nauseabundos, eliminan los recuerdos del mundo exterior.

Ya nadie narra historias, la realidad se vuelve fantasía, y la fantasía no tiene cabida en un infierno de acero y concreto. Cada uno tiene un vago recuerdo, privado y difuso, de una vida anterior. Nadie lo comparte, prefieren dejar que se extinga, inalterable, imperturbable. Después de todo, por poco que pueda durar todavía, es su más preciada posesión.

Y cuando la carne muere, el humo inunda cada uno de sus diminutos cubículos. No importa, allí abajo no hay rostros, solo murmullos. Nadie lamentará la pérdida de un vecino anónimo, del mismo modo en que nadie se preguntará el nombre que solía tener el anterior propietario de su última comida.

En los largos periodos de tiempo en que no son atormentados de uno u otro modo, entre atrocidad y calamidad, solo hay espacio para el lamento. No hay redención posible, allí no. No se espera de ellos una reinserción, tampoco arrepentimiento. Están allí porque es el único lugar en que pueden terminar sus miserables vidas. El mundo ha cambiado y ya no hay lugar para ellos en él. Las manzanas podridas deben ser rápidamente retiradas. Lo humano sería acabar con su sufrimiento rápidamente, la humanidad es una leyenda de un pasado no tan lejano.

Ellos no hablan, ya no son capaces. Pero la voz de las mentiras nunca calla, es la única que se escucha en aquella tumba. La palabra está vetada, la palabra es un veneno letal para oídos sangrantes. El que habla hoy será el plato de mañana. Por supuesto, nadie protesta.

Y así, el día en que finalmente llega una salvación que parecía improbable, los presos no se mueven del sitio, no saltan de alegría. En lugar de ello, esperan pacientemente a que caiga la máscara y se descubra el engaño, a que les confiesen que se trata de una nueva forma de tortura. Pero esto no ocurre, se trata de la fantasía ya extinguida que ha cobrado forma, que les intenta reconfortar y les cuenta que la norma ha caído, que la humanidad resurge, la esperanza florece y la vida es posible de nuevo, incluso para ellos. Los presos no tienen más remedio que reconciliarse con su mundo interior y creerse lo que escuchan. Es por eso que saltan sobre sus salvadores y los devoran vivos.

La humanidad ha muerto, ya no hay cabida para la humanidad. En la oscuridad eterna los pecadores pecan, tal como les han enseñado. Y por fin han cometido el crimen por el que fueron condenados.