miércoles, 5 de febrero de 2020

Relato: Problemas de la edad


PROBLEMAS DE LA EDAD


Había sorpresa en su mirada. No era la reacción que yo hubiese esperado, al menos no exactamente. Una poblada ceja blanquecina se alzaba ligeramente por encima de la otra. Sus finos labios se apretaban con fuerza el uno contra el otro. Y se rascaba con un dedo de la mano derecha por encima de la patilla, justo por delante de la oreja. 

Yo estaba esperando que dijese algo, pero no lo hacía, únicamente me estudiaba con atención. Al final, como me cansé de esperar, tuve que ser yo quien rompiese el silencio: 

—¿Y bien? ¿Qué opinas? 

—Pues no sabría qué decirte. Es todo tan repentino… 

No lo era. Para entonces llevábamos ya cerca de una hora de aquella manera, entre el escrutinio y la incredulidad muda. 

—Algo opinarás… 

—No sé. ¿Duele? —preguntó, centrándose en el resultado e ignorando la mera posibilidad del suceso en sí. 

—Emmm, no —la pregunta me cogió por sorpresa, aunque era agradable saber que, pese a todo, lo primero en lo que pensaba era en mi bienestar—. Bueno, la espalda me duele un poco. Pero es por la postura. 

—Sí, no debes estar cómoda. El techo es muy bajo. 

—¿Qué vamos a hacer? ¿Qué voy a hacer? —eso era en lo único que había podido pensar yo desde que me había despertado. Esperaba que mi esposo tuviese la respuesta que yo había sido incapaz de encontrar. 

—Pues no podemos mover el techo. A los vecinos no les gustaría. 

Él pensaba que todavía seguíamos hablando sobre el techo. No se había dado cuenta de que mis preguntas eran de una naturaleza un tanto más trascendental que la perspectiva de una reforma. 

—Olvídate del techo. Hablo de mí, de nosotros. ¿Acaso no te importa lo que me ha pasado? 

—Claro que me importa. A ver, es bastante raro. Pero tú estás bien, ¿no? Ya nos adaptaremos, como hemos hecho siempre. 

A veces la simpleza de aquel hombre me sacaba de mis casillas. Esta no era una de esas veces. En realidad, la manera tan calmada con la que se había tomado el asunto resultaba de algún modo tranquilizadora. 

Di un suspiro y me senté en el suelo de la cocina con las piernas cruzadas. En aquella posición más relajada, el dolor de espalda no tardó en remitir. 

—Quizás deberías llamar al médico —sugerí. 

—¿Por lo de la espalda? 

—No, si ya casi no me duele. Pero deberíamos tener la opinión de un profesional, y yo no puedo salir así a la calle. 

—¿Y eso por qué? 

—Pues, para empezar, porque no quiero que todo el mundo se me quede mirando. 

—Igual nadie se da cuenta. 

—Igual —no pude evitar sonreír ante la ingenuidad de mi esposo—. Pero hazme el favor y llama al médico para que venga. 

—Vale, espera un momento. 

Entonces Mateo salió de la cocina en busca de su teléfono y de la tarjeta sanitaria. Yo pensé que lo mejor que podía hacer era quedarme allí sentada esperando. Aunque esa era una solución bastante pobre. Tarde o temprano tendría que levantarme y reanudar mi vida, de la forma que fuese. Por ahora estaba cómoda, pero podía ver un agudo dolor de trasero en mi futuro cercano. Y además, también estaba el asunto del trabajo. Eventualmente, llamarían para saber por qué no había acudido. Un día podía excusarme diciendo que estaba enferma, pero no más tiempo, cuando, en realidad, a pesar de todo, mi salud parecía ser tan buena como de costumbre. 

—Me preguntan por el problema del paciente, ¿qué les digo? —interrumpió mis pensamientos Mateo, que se encontraba junto a la puerta sosteniendo el móvil con una mano y tapando el aparato con la otra, para que no le escuchasen desde el otro lado de la línea. 

—Diles que es una emergencia… que no me puedo mover —no era del todo mentira. 

—Bueno, pero igual preguntan más detalles. Creo que es por si el médico tiene que venir con algún medicamento en especial. 

—Nada, si te preguntan, no sabes bien lo que me pasa, solo que no me puedo mover —era exasperante. Encima de mi situación, tenía que pensar yo en todo. 

Mateo asintió y volvió a dirigirse al auricular, repitiendo mis palabras con total exactitud. Era un buen hombre, pero no tenía mucha imaginación. Después dio las gracias y colgó. 

—Me han dicho que vendrá alguien en unos minutos. Aunque la mujer que me ha atendido no parecía muy contenta. Creo que de verdad necesitaba que le dijese algo más. 

—Tonterías. Seguro que no es la primera vez que llama gente nerviosa y desorientada. 

—Pero yo no estoy ni lo uno no lo otro. 

—Quizás, pero ella puede pensar que sí. Además, no podíamos discutir esto por teléfono, se hubiesen pensado que era una broma y no habría venido nadie. 

—¿Tú crees? ¡Qué mundo! ¡Qué mundo! —reaccionó como si fuese una nueva noticia para él que la gente pudiese gastar bromas de mal gusto sobre asuntos importantes, como una emergencia médica. 

Me sabía mal poner al hombre en un aprieto detrás de otro. También era horrible la sensación de impotencia frente a tener que realizar las más simples de las tareas, como una tonta llamada telefónica. No obstante, no tenía más remedio que volver a depender de mi esposo para otra cuestión más. 

—¿Podrías hacer una llamada más? Es que yo no creo que pueda marcar bien los números. 

—Claro, descuida. ¿A quién quieres que llame? 

—Al trabajo, para decir que no voy a poder acudir esta mañana. Diles también que es por un problema médico, y que les diré más cuando tenga más información. Pero si te preguntan, di que no es nada grave, no vaya a ser que empiecen a buscar a alguien para reemplazarme. 

—Espera, voy a apuntarlo para no meter la pata —cogió una nota del bloc pegado al frigorífico y un bolígrafo, y comenzó a apuntar, repitiendo en voz alta todo lo que anotaba—: No es nada grave, punto. Vale, ¿Algo más? 

—No nada, muchas gracias. El número está guardado en la agenda de mi teléfono. Es el que pone “trabajo” con letras mayúsculas. 

En realidad, aunque no pudiese marcar el número, con tal de que mi esposo lo hiciese, no hubiese tenido ningún problema para mantener una conversación. No obstante, no estaba de humor y mi voz me hubiese delatado. Así pues, era mejor que aquella tarea la realizase otra persona. 

Mientras tanto, me dediqué a estirar los brazos y las piernas para no se me agarrotaran los músculos. Toqué la pared con la punta del dedo gordo del pie. La cocina era un poco pequeña, pero nunca antes me había molestado el tamaño. 

Me puse en pie, en la medida de lo posible, y con mucho cuidado regresé hasta el dormitorio. Pensé que, a fin de cuentas, ya que no parecía que fuese a poder moverme mucho aquella mañana, no tenía ningún motivo para no volver a tumbarme en la cama hasta que llegase el doctor. 

—¡Ah! Estabas aquí —dijo Mateo, entrando también al dormitorio—. Ya he llamado. No he podido hablar directamente con tu jefa, pero me han tomado nota del mensaje igualmente. 

—¿Con quién has hablado? ¿Era Mariángeles? Seguro que lo tergiversa todo… 

—Pues no sé quién era, creo que no me ha dicho el nombre. 

—Da lo mismo. De todas formas, igual es mejor así. No te han hecho más preguntas de la cuenta. Ya arreglaré yo el entuerto cuando… bueno, cuando me lo arreglen a mí. 

—¿Quieres que te prepare algo mientras esperamos? ¿Una tila? 

—No, no hace falta gracias. ¿Tú no tienes que ir a trabajar a la fábrica? No hace falta que esperes conmigo. 

—Ya, pero ahora tengo curiosidad por ver que dice el médico. Y de todas formas, me jubilo en unos meses. Tendrán que ir acostumbrándose a no tenerme por allí. 

Dicho esto, se sentó a mi lado y me tomó de la mano. Y de aquel modo permanecimos los dos en silencio, a la espera de que llegase el médico. No hacían falta palabras, pasase lo que pasase, siempre nos tendríamos el uno al otro. 

A los pocos minutos sonó el timbre. Mateo se puso en pie y fue a abrir la puerta. Cuando regresó, lo hizo acompañado por una mujer alta que, por las arrugas de expresión y algunas manchitas en la piel sobre su rostro no debía ser mucho más joven que yo misma. Al entrar en el dormitorio, la doctora se quedó petrificada mirándome. 

—Me disculpo —dijo al darse cuenta de que estaba actuando con poca profesionalidad—. Me ha sorprendido. Estoy acostumbrada a ser la persona más alta de la habitación. Soy la doctora Navarro. Bien, ¿Cuál parece ser el problema? Tan solo me han dicho que no se podía mover. 

—Vaya, por su reacción pensaba que era obvio. Soy enorme —dije, haciendo un gesto con el dorso de la mano, llevándola desde mi cabeza hacia abajo del cuerpo. 

—Sí me doy cuenta de que su altura es… excepcional. Pero no veo como eso es un problema médico. ¿Está experimento algún dolor en las articulaciones, quizás? 

—Ahora no. Aunque cuando me pongo en pie, tengo que andar encorvada y no tarda en dolerme la espalda —me adelanté a las palabras de la mujer que ya comenzaba a abrir la boca para replicar algo—. Sí, sí, ya lo sé. ¿Por qué vive entonces en una casa con el techo tan bajo? ¿Era eso lo que iba a preguntar, verdad? Pues verá, no lo hago. El techo tiene la altura perfecta. O más bien, yo tenía la altura perfecta hasta ayer mismo, el techo no ha cambiado de posición. 

—¿Cómo? ¿Intenta decirme a ha crecido cerca de dos metros de altura en una sola noche? 

—Ese parece ser el caso. ¿Sabe? Mi esposo es más alto que yo, o lo era. 

La doctora miró en dirección a Mateo y sopesó su altura con la mirada. Mi esposo tampoco es un hombre particularmente alto, y al parecer, la doctora tenía problemas en asimilar la información. 

—Sí, está diciendo la verdad —confirmó Mateo. 

—¿Es esto algún tipo de broma de mal gusto? —las cejas de la doctora se curvaron hacia abajo y sus parpados se cerraron un poco mientras algunas arrugas sobre su frente empezaban a dejar entrever que la idea de que le estuviesen tomando el pelo no era de su agrado. 

—Espere, no. Le enseñaré las fotos —dijo Mateo mientras salía del dormitorio en busca de algún álbum donde pudiese mostrarle a la doctora mi altura verdadera. 

La doctora Navarro consultó su reloj de pulsera. Estaba claro de que ya había decidido que aquello era una pérdida de tiempo, pero aun así, todavía seguía plantada en la misma posición, quizás esperando ver cómo acababa la historia. 

Mateo regresó en seguida, con no uno sino dos álbumes bajo el brazo. Abrió el primero de ellos por la mitad y lo plantó delante de la mirada atónita de la doctora. Después empezó a pasar páginas, adelante y hacia atrás, mostrando una foto tras otra. Iba a hacer lo mismo con el siguiente álbum, pero la doctora se adelantó y se lo quitó de las manos para comprobarlo por sí misma. Se sentó en el borde de la cama, estudiando las fotografías con gran detenimiento. 

—Mire, esa es de nuestra boda —dije al ver la fotografía que estaba mirando en aquel momento—. Han pasado más de cuarenta años y hemos cambiado un poco, pero no tanto para que no se nos reconozca. En el otro álbum hay fotografías más recientes, ya las ha visto. 

Finalmente la doctora suspiró, cerró el álbum y lo apartó a un lado, dejándolo en la cama, junto a mis piernas. 

—Es increíble… —dijo después de unos interminables segundos de silencio. 

—¿Puede ayudarme? —pregunté, esperando que, ahora que la doctora parecía haber aceptado el suceso, tuviese alguna idea sobre cómo solucionarlo. 

—¿Saben? Ya son mayorcitos, no sé cuánto les habrán pagado, pero están quitándole tiempo a otros pacientes —explicó mientras se ponía en pie—. Estas fotos –dijo señalando el álbum— están muy logradas, pero sé que hay programas informáticos con los que se pueden hacer todo tipo de modificaciones realistas. 

—Pero si nosotros no tenemos ni ordenador. Yo ni siquiera he manejado nunca uno —confesó Mateo. 

—Ya, bueno, la gente que ha organizado la broma esta, o la cámara oculta o lo que sea, les habrá hecho el trabajo. Eso no es de mi incumbencia. Ahora, si me disculpan, tengo otros pacientes a los que atender. 

Después de aquello la doctora abandonó el dormitorio y se alejó hacia la salida de la casa. 

—Pero, mi esposa… —intentó detenerla Mateo. 

—Deja que se vaya—dije—. De todas formas, si no es capaz de creérselo, mucho menos iba a saber qué hacer. Eso es porque nunca ha visto nada parecido. 

Se escuchó la puerta de la casa cerrarse. La doctora ya se había marchado, dejándonos solos nuevamente. 

—La verdad es que siempre te he dicho que era única —dijo Mateo mientras se volvía a sentar a mi lado. 

—Sí que es verdad, cuánta razón tenías. 

—¿Quieres esa tila ahora? –preguntó mi esposo, pensando tal vez que el suceso me habría alterado. 

—No, pero podrías mirar a ver si tenemos el número de alguna inmobiliaria. 

—¿Los techos son muy bajos? 

—Lo son —admití por fin.

domingo, 29 de diciembre de 2019

Relato: Soñadores


SOÑADORES


Adentrarme en la ciudad me provocaba una sensación de embriaguez. Este lugar al que no pertenecía me llamaba y me cautivaba. Me invitaba a descubrir sus calles, familiares pero diferentes a todo cuanto conocía. La ausencia de color no le quitaba el encanto a esa combinación de estilos, donde se fundían estructuras clásicas con acabados modernos. Los ventanales brillaban, los ladrillos relucían, y la calzada estaba inmaculada, como si todavía estuviese a la espera de ser estrenada. Y es que la única cosa que me estaba vedada era la compañía de los habitantes del lugar. La ciudad parecía desierta, pero en el fondo yo sabía que no lo estaba, intuía que en realidad rebosaba de vida, y no podía dejar de preguntarme el motivo por el cual los habitantes parecían estar evitándome. 

Me di cuenta de que mis pasos me guiaban en una dirección muy concreta, hacia un destino desconocido para mí, pero claro para ellos. Caminaba empujado por una fuerza misteriosa y en ningún momento me sentía preocupado por ello. 

Llamé a la puerta de la casa y esperé una respuesta antes de entrar. Dicha respuesta no llegó, pero la puerta estaba entornada y lo interpreté como una invitación. 

Un largo pasillo me llevó a una habitación acogedora. El fuego bailaba en la chimenea y su luz y calor daba un toque muy hogareño. En una butaca junto el fuego había una chica leyendo un libro. Sus ojos avanzaban atentos sobre las páginas, brillantes tras las lentes de unas bonitas gafas grandes y redondas de montura negra. Tenía el pelo castaño y lo llevaba recogido en una trenza que le caía sobre el hombro izquierdo. Vestía con un amplio suéter de lana, que cubría sus piernas hasta los tobillos, recogidas, como estaban, sobre la butaca. 

La joven, absorta en la lectura, no me escuchó entrar. Por un momento pensé en darme la vuelta y regresar por donde había venido, no queriendo importunarla. No obstante, era la primera persona a la que encontraba, y la única, quizás, que podría arrojar algo de luz sobre la fascinante ciudad y sus desaparecidos habitantes. 

—Hola —saludé sin rodeos. 

—¡Oh! ¡Hola! –respondió ella inmediatamente, levantando la mirada del libro y esbozando una amplia sonrisa, aparentemente sin extrañarse por la presencia de un desconocido—. Discúlpame, ¿llevas mucho rato ahí? 

—No, en realidad acabo de llegar. 

—¡Ah! Ya veo. Está bien entonces. Verás, estaba estudiando, y a veces me concentro tanto que bloqueo todo lo demás a mí alrededor. 

—La puerta estaba abierta —sentí la necesidad de justificar mi presencia, a pesar de la afabilidad con la que hablaba la chica. 

—Lo sé. La dejé abierta yo misma. Creo que te estaba esperando. 

—¿A mí? Pero, si ni yo mismo sabía que iba a venir aquí. ¿Cómo podías saberlo tú? 

—Ciertamente, no lo sabía. Pero dejé la puerta abierta igualmente. Curioso, ¿verdad? 

—Más bien extraño, diría yo. 

—¿Raro? ¿Misterioso? ¿Desconcertante? –añadió ella, como si se tratase de una juego de palabras. 

—Sí, todo eso también. Pero así ha sido desde que llegué. Supongo que es lo propio de los sueños. 

—Es cierto, eso lo explicaría un poco. Si esto es un sueño, no tendría mucho sentido buscarle el sentido a las cosas. ¿Pero quién de los dos estaría soñando? ¿Tú o yo? 

—Yo, por supuesto. Recuerdo perfectamente haberme quedado dormido en mi cama, y justo después estaba deambulando por las calles de tu ciudad. 

—Ummm —murmuró ella por un momento—. Suena razonable –admitió al fin—. Después de todo, yo me siento bastante despierta. Así que no podía ser yo quien soñase. 

—Siendo que acabas de darte cuenta de que eres un sueño, pareces habértelo tomado bastante bien. 

—¿Por qué no debería? Me parece fascinante saber que sueñan conmigo. 

—Visto así… ¿Pero no te preocupa saber que no existes? 

—Claro que existo. Soy parte de tu sueño, estoy aquí, hablando contigo. ¿No es verdad? 

—¿Y qué hay de tu ciudad? Estás aquí sola, en un mundo imaginario. 

—A mi me parece bastante real. Y no estoy sola. Tengo vecinos, familia, y amigos. 

—Pero si no había nadie más. Las calles estaban vacías. 

—Eso no es cierto. Todo el mundo está ahí fuera –dijo ella, señalando la ventana—. Seguro que aunque no puedas verlos, los sientes. 

—Sí que tenía una sensación extraña al venir hacia aquí, como si hubiese alguien más, ocultándose. 

—¡Oh! Pero no se ocultan. Igual es que simplemente no se te ha ocurrido soñar también con ellos. 

Honestamente, no sabía qué responder a esto. Intentar razonar sobre la lógica tras lo ilógico parecía bastante absurdo. Quizás lo más práctico fuese asumir los hechos sin más, tal como parecía hacer la chica. 

—Pero no te quedes ahí. Toma asiento, por favor —dijo ella, invitándome a acomodarme en la segunda butaca que había frente a la chimenea—. No sería muy cortes por muy parte tenerte ahí plantado junto a la puerta. No después de que te hayas tomado la molestia de soñarme. 

De modo que, siguiendo mi nueva filosofía de dejarme llevar y no darle demasiadas vueltas a la situación, hice caso y me senté en la butaca frente a la chica. Ella dejó entonces el libro a un lado y se me quedó mirando fijamente, como si estuviese esperando algo. 

—No sé cuándo me despertaré —comenté casualmente, sintiéndome algo nervioso con el escrutinio al que estaba siendo sometido. 

—Es verdad, podrías despertar en cualquier momento. Debería aprovechar para hacerte todas las preguntas que pueda. 

—¿Preguntas? 

—Sí, claro. ¿No harías tú lo mismo si te encontrases cara a cara con alguien que puede tener todas las respuestas? 

—¿Qué te hace pensar eso? 

—Bueno, tú me has soñado, después de todo. Algo tienes que saber. 

—Puedes preguntar, pero me parece que te decepcionaré —respondí honestamente, para no crear expectativas irreales. 

—Ya veremos… A ver, déjame que piense —dijo ella, mientras volvía la mirada momentáneamente hacia el techo de la habitación—. ¡Ya sé! Esta pregunta parece bastante imprescindible: ¿Me habías visto antes? 

—¿Qué quieres decir? Nos acabamos de conocer. 

—Sí, aquí es la primera vez que nos vemos. Pero si sueñas conmigo, puede que sea porque mi aspecto sea el mismo que el de alguna otra persona que conozcas, o alguien con quien te hayas cruzado en alguna ocasión. 

—Podría ser —admití. 

Esta vez fui yo quien se quedó mirándola fijamente a la cara, intentando recordar o buscar un parecido con alguien indeterminado. 

—Espera —pidió la chica mientras e quitaba las gafas—. Solo las uso para leer. ¿Qué tal ahora? ¿Te recuerdo a alguien? 

Estudié cada rasgo, desde la nariz hasta las orejas. Busqué en lo más profundo de su mirada, esperando encontrar allí la pista de un alma distinta, de un encuentro difuso y lejano. 

—No. Estoy bastante seguro de que nunca antes te había visto —tuve que reconocer finalmente. 

—Es un alivio. Creo que prefiero saber que soy yo y no otra persona —sonrió—. Bueno, pues, pregunta número dos: ¿Por qué, de entre todas las ciudades, de entre todas las casas y todas las personas, has acabado aquí, hablando conmigo? 

—¿Ves? Sabía que te iba a decepcionar tarde o temprano. No lo sé. No sé por qué estoy aquí ni por qué sueño contigo. No tengo todas las respuestas. 

—Pero, “No lo sé” también es una respuesta. Y una perfectamente valida. ¿Te imaginas que hubiese alguien que lo supiese todo, que tuviese control absoluto, y aun así no hiciese nada para cambiar las cosas? Esa sí que es una idea perturbadora. 

—Entonces, ¿qué sentido tienen estas preguntas? 

—¡Eh! Eso es trampa. Se supone que soy yo quien tiene que preguntar. Aunque, si quieres saberlo… Creo que es porque me parece reconfortante la idea de ser el sueño de alguien tan confuso como yo. Lo contrario sería algo injusto, y también frustrante, ¿no te parece? 

El sonido del despertador me devolvió a la realidad y me arrancó del sueño antes de poder responder. Al instante me encontré a mí mismo alargando el brazo para darle un manotazo al aparato y silenciarlo. Después me quedé tumbado mirando al techo del dormitorio. El sueño empezaba a sentirse lejano y confuso, perdiéndose, disolviéndose. Tan solo permaneció la sensación de que había sido un sueño placentero y curioso, uno que no me hubiese importado que hubiese durado un poco más. 

Siguiendo mi rutina habitual, me aseé y desayuné. Después me colgué la mochila al hombro y salí de casa para dirigirme a la biblioteca. Las clases habían acabado, pero todavía quedaban exámenes, los cuales estaban a la vuelta de la esquina, y necesitaba de todo el tiempo posible para prepararlos. 

El metro estaba abarrotado, de otros estudiantes y también de gente de camino al trabajo. Me llevé algún codazo en más de una ocasión. El olor a sudor y a colonia se mezclaba resultando en un aroma dulzón y desagradable. Debido a estos pequeños detalles molestos, el trayecto pareció hacerse mucho más largo de lo que era en realidad. Pero al final llegué a mi parada, salí como pude del vagón del metro y continué mi camino. 

Había más gente entrando a la biblioteca, la mayoría rostros desconocidos. Algo me llevó a fijarme en las caras de la gente. Reconocí a algún compañero de clase que había tenido la misma idea que yo y también había acudido a estudiar. 

Cuando por fin entré al edificio, me costó un rato encontrar un asiento libre. Se notaba el estrés en el aire. Se veía especialmente nerviosas a las personas que habían dejado los estudios para el último momento y no llevaban el material al día, era fácil reconocerlos, pasando paginas adelante y atrás, sin saber por dónde empezar a estudiar. No era mi caso, cuando me senté, saqué el libro de la mochila y lo abrí directamente por la página marcada, reanudando así mi sesión de estudio anterior. 

Dejé el teléfono sobre la mesa, asegurándome de que estaba en silencio, para poder tener controlada la hora para cuando tenía previsto hacer la pausa para almorzar. Y después comencé a leer. 

Una hora más tarde, cuando el asiento contiguo quedó libre, decidí dejar la mochila sobre este. Después continué con la lectura. 

—¡Ah! Veo que me has guardado un sitio. Me pregunto por qué los dos estudiamos en sueños. 

Era verdad, por algún motivo había guardado un sitio. Levanté la vista y me encontré un rostro familiar. El sueño regresó entonces como si jamás me hubiese abandonado y todo lo que pude hacer fue preguntar con incredulidad: 

—¿Cómo es posible? ¿Me he quedado dormido mientras estudiaba? 

Ella niega con la cabeza y después sonríe mientras me responde: 

—Esta vez soy yo quien te sueña.

martes, 17 de diciembre de 2019

Relato: Una pausa para recordar



UNA PAUSA PARA RECORDAR



—Lo siento, de verdad que tengo que irme. No puedo quedarme aquí sentado, sin hacer nada, mientras…

—Tranquilícese. Tome aire y recuerde los ejercicios.

—Sí, sí, claro, los ejercicios… No, no puedo. Esta vez no.

—Muy bien. De acuerdo, no le retendré. Pero, por favor, antes de marcharse, ¿podría responderme a un par de preguntas? Serán muy breves, se lo prometo.

—No sé… ¿Cómo de breves?

—Será solo un momento. Es para tener una base sobre la que trabajar para nuestra próxima sesión.

—Vale, pero solo un momento, porque se ha tomado las molestias de atenderme.

—De acuerdo. ¿Podría decirme cuál es su primer recuerdo? Espere, no responda todavía, cierre los ojos primero y piense en su infancia. ¿Qué lugar viene a su cabeza?

—Estoy en la guardería. Se trata de un pasillo con una pequeña valla de madera. Estoy de pie, con las manos sujetando la valla, y estoy llorando mientras mi madre se aleja hacia la puerta del fondo sin mirar hacia atrás. No sé si es mi primer recuerdo, pero podía serlo, supongo.

—Perfecto, ese recuerdo nos vale. Ahora, concéntrese y trate de describirme la guardería.

No sé cómo era de grande en realidad, pero sí que me vienen a la cabeza algunas de las zonas donde pasaba más tiempo. Por ejemplo, al final del pasillo había un patio. Era un espacio muy amplio, o al menos eso me parecía. Estaba a cubierto, así que supongo que se podría decir más bien que era una habitación muy grande, más parecida al gimnasio de un colegio. Las paredes estaban pintas de un verde claro y el suelo estaba cubierto de baldosas de un color amarillento, más bien tirando hacia marrón.

En la esquina que quedaba al fondo a la izquierda había una fuente, era baja y también estaba cubierta por el mismo tipo de baldosas que el suelo, hasta llegar arriba, donde estaba el grifo y una pila, metálicos y relucientes, pero que solían ensuciarse con facilidad, perdiendo parte del brillo y quedando cubiertos por manchas empañadas y opacas.

En la parte central del patio hay una estructura de barras, con unas escaleras en un lateral y un tobogán que parte desde lo alto. Es una estructura solida, pero al menos el tobogán es de plástico, y está algo arañado y desgastado por el centro, por donde los niños suelen arrastrar el trasero. Pero las barras deben ser metálicas, ya que las recuerdo frías al tacto. Aunque todo el conjunto tiene el mismo color, es un tono verdoso, parecido al verde de las paredes de alrededor.

Ahora que lo pienso, es gracioso, recuerdo más tiempo jugando bajo las barras que deslizándome por el tobogán. Usábamos la parte de debajo de casita. Nos habían contado el cuento de los siete cabritillos, y jugábamos recreándolo. Uno hacía de lobo y tenía que asomar la patita por debajo de la puerta, mientras los demás estábamos dentro y nos reíamos y le hacíamos preguntas. Obviamente no había puerta, eran barras y nos podíamos ver todos en todo momento, pero curiosamente, cuando pienso en ello, casi puedo ver una robusta puerta de madera, del mismo modo en que quizás la imaginaba entonces.

Aunque el juego acabó. Un día todo desapareció, el tobogán, la improvisada casita… Había dos niños de los más mayores que llevaban un destornillador. En su momento, ingenuos como éramos, al ver el destornillador pensamos que había sido culpa suya, que lo habían desmontado. Desde luego, al ver la herramienta en la mano de uno de ellos, tuve la fuerte sensación de que estaban haciendo algo malo, de que aquello no era algo que debiesen llevar encima. Ahora, mirando atrás, supongo que el destornillador sería un juguete y solo querían hacerse los importantes, porque aunque hubiesen desmontado las barras, donde las iban a haber metido. No, los responsables de aquello debieron ser los responsables de la guardería, ya fuese por motivos de seguridad o para hacer más sitio.

¿Quiere más detalles sobre aquel patio? Bueno, hay otro, un desagüe. Sí, parece un detalle absurdo, pero lo recuerdo con gran claridad. Quedaba en la parte central del lateral izquierdo, cerca de la fuente. Era pequeño y circular y la parte de arriba se podía quitar sin esfuerzo. Se trataba de una pieza metálica enrejada que cubría el desagüe para que nada que no fuese líquido pudiese colarse por dentro, pero nosotros desmontábamos la pieza con regularidad. Ya fuese por curiosidad, por miedo a lo que hubiese al otro lado de aquel agujero negro, o con la esperanza de encontrar algún tesoro. Pero seguramente el motivo por el cual recuerdo el infame desagüe con tanta claridad es por el olor. Por el motivo que sea, tengo el olor grabado en la memoria. Incluso diría que, si puedo recordar tanto de aquel patio, es por la asociación con el desagüe. Era un olor intenso y desagradable, a agua estancada, mezclado con algo más, imposible de describir pero difícil de olvidar.

Pero la guardería era más que un patio de juegos con un desagüe maloliente. Antes de llegar al patio, en algún lugar del pasillo a la izquierda había varias puertas. Cerca de la entrada, antes de llegar a la valla, había un pequeño cuarto que veía de pasada en ocasiones. Debía ser un despacho o un cuarto de empleados. Dentro había un tablón de corcho, un par de taquillas metálicas con dibujos pegados con celo encima, una mesa alta y llena de carpetas y otros papeles, una estantería con libros y un armario que siempre estaba cerrado.

Más adelante, por el mismo pasillo pero pasando la valla, había otras dos puertas, una de ellas conducía a un cuarto con una mesa para cambiar a los bebes, los cuales no recuerdo que hubiese muchos. Pero antes de llegar aquí, la otra puerta conducía a un aula.

Este era otro espacio donde pasábamos mucho tiempo. En la pared derecha había unas perchas bajitas, donde colgábamos las chaquetas. Al fondo había estanterías con cajas de plástico donde se guardaban algunos de los materiales que usábamos. En un lateral había una puerta que llevaba a un retrete y al lado había un par de lavamanos, todo ubicado a nuestra altura. Las mesas estaban en el centro del aula. Eran modulares, con forma de hexágonos cortados por la mitad, pero que se agrupaban de dos en dos para completar la forma. Y nosotros nos sentábamos por grupos alrededor de estas mesas. De nuevo, el detalle que puedo rememorar con más facilidad es el olor. Siempre olía a plastilina, y no era raro ver las mesas con manchas aceitosas causadas por este mismo material. Quizás el único momento en que el olor no era este, era cuando era sustituido por otro, causado por una actividad distinta: el resultado de pintar con los dedos.

Y hablando de olores, todavía recuerdo uno más, el del comedor. Este estaba ubicado a la derecha del pasillo de entrada, aunque también tenía una puerta que daba al patio y otra que supongo que conduciría a la cocina, pero esta última no la recuerdo en absoluto, de modo que me imagino que nunca entré.

Como decía, el olor era también bastante particular, como una mezcla de legumbres, plátano, sopa y… ¡Oh, sí! La tarta. Aquí las mesas era cuadradas y estaban también colocadas pegadas unas a otras, formando un rectángulo largo. No sé si la disposición era siempre la misma, pero es la única que me viene a la cabeza y es que cuando pienso en el comedor, la imagen que me viene a la mente siempre es la misma. Nosotros estábamos sentados alrededor de esta mesa, haciendo mucho ruido, las luces estaba bajas, casi a oscuras, y alguien entraba por una puerta cargando con una tarta iluminada con unas pocas velas. Empezábamos a cantar una canción de cumpleaños, pero no era cumpleaños feliz, era algo así como: “Feliz, feliz en tu día, amiguito que Dios te bendiga…” Y luego nos servían una porción de tarta a cada uno. Era una tarta casera, hecha con chocolate y galletas. La típica tarta fácil de hacer y barata, pero aun así la recuerdo muy buena. Quizás hable desde la nostalgia del recuerdo, pero, de hecho, diría que sabía mejor que otras muchas tartas que he probado en los años posteriores, más elaboradas y caras.

—Parece mucho más tranquilo ahora. ¿Todavía siente la necesidad de irse a comprobar la puerta de casa?

—Tiene razón. Creo que puedo esperar un poco. Estoy casi seguro de que he cerrado con llave.

—Me acaba de contar con gran detalle una serie de recuerdos de su infancia que, como mínimo, son prueba de que su memoria funciona a la perfección. De hecho, puede que sea mejor que la mía. Yo no tengo recuerdos sobre la guardería a la que iba. Así que si cree que ha cerrado la puerta de casa con llave, probablemente lo haya hecho. Ahora, ¿qué le parece si hablamos un poco sobre los ejercicios que le pedí que realizase?

—Muy bien. Aunque, tengo una pregunta, no sé si me la podrá responder. Mientras le estaba hablando, por algún motivo no dejaba de recordar olores, y cada vez que lo hacía eso me llevaba a recordar más cosas. ¿Cómo es eso?

—Sí, es algo normal. En realidad, los olores son uno de los evocadores más fuertes que hay de la memoria. Ya sabe, el olor de la consulta del médico, o el de las comidas caseras en casa de su abuela…

martes, 26 de noviembre de 2019

Relato: En lo alto de la torre



EN LO ALTO DE LA TORRE



Desde mi alta torre puedo escuchar a los presos gritar de felicidad. Entre tortura y tortura, con su sufrimiento cantan canciones de vida y también de muerte, especialmente de muerte. Y los envidio. No puedo verlos ni acercarme a ellos. No puedo cometer los crímenes que los arrastraron a las mazmorras. No puedo temblar ni imaginarme mi funesto destino cuando venga la guardia a apresarme. No, no puedo. Desde mi olvidada y aislada torre no puedo.

Tengo todo cuanto deseo, o más bien todo cuanto mi imaginación puede concederme. Lo demás no importa. Tengo que convencerme de que lo demás no importa. Cuanto necesito, cuanto añoro y cuanto envidio, son realidades. Pero aquí la realidad carece de importancia. El mundo está allí fuera, más allá de una ventana enrejada, en las profundidades de un abismo infinito, perdido entre una bruma insondable.

Aquí tan solo llegan rumores y preguntas que no pueden tener respuesta.

En sueños veo el acto final, oculto tras mentiras dichas en voz baja. Soy yo y soy otra persona. En un mundo que no es el mío, tomo decisiones poderosas y la suerte me acompaña al hacerlo. El trabajo duro es recompensado y tras la espera siempre hay gratas sorpresas. Un abrazo, un beso en la mejilla, el calor de un gesto de consuelo. Pero el sueño acaba y llega el momento de despertar, en la soledad de la torre, en el frío de la torre, en la húmeda torre, mirando hacia la salida.

La puerta está abierta y no hay carceleros a la vista, nunca los ha habido. Pero la torre es alta, las escaleras empinadas y resbaladizas, y en la base… ¡quién sabe lo que hay en la base! Así que espero y fabrico alas de papel, con el propósito de estar preparado para el día en que caigan los barrotes de la ventana. Pero luego me entristezco y lloro cuando los barrotes no caen por sí solos y mis alas de papel se estropean y deben ser fabricadas de nuevo, desde el principio.

Mientas tanto la gente sufre, mientras tanto la gente ríe, mientras tanto la gente ama, mientras tanto la gente sueña, mientras tanto la gente vive. Todos ellos olvidan a quien habita en lo alto de la torre, a quien un día encontrarán por pura casualidad. Y entonces alguien preguntará: ¿Por qué fabricaba alas de papel cuando pudo usar las escaleras? Pero ellos, que no han vivido en la torre, no saben que aquí las preguntas no pueden tener respuesta.

miércoles, 30 de octubre de 2019

Relato: Una puerta se abre

¡Saludos, brujas y diablillos! Hoy es Halloween y, como viene siendo tradición en el blog, hoy es un un buen día para una entrada terrorífica. Así que, sin más dilación, os dejo con mi nuevo relato:


UNA PUERTA SE ABRE



Siempre me he desorientado con facilidad. Por ese motivo procuro caminar siempre por los mismos caminos, por rutas conocidas.

Hay excepciones, claro está. Los eventuales jóvenes borrachos que te obligan a cambiarte de cera. Una finca en obras que tienes que bordear con cuidado porque prefieres caminar por la carretera antes que desviarte… Pero incluso estas pequeñas diferencias son, en menor o mayor medida, algo predecible.

Así pues, cuando siguiendo tu camino habitual te encuentras con algo distinto, pero distinto de verdad, algo que no debería estar allí, que no había estado antes y que sin embargo no parece nuevo, es normal que uno se sienta desconcertado.

Bien, para mi ese algo fue una puerta.

Fue de lo más extraño. Debían ser alrededor de las once de la noche. Había salido de trabajar y me dirigía de regreso a casa. Caminaba por la misma calle de siempre, por la acera de la derecha, también como siempre. Y de repente me paré en seco.

Me di la vuelta y retrocedí unos pocos pasos.

Allí, en mitad del muro, había una enorme puerta metálica verde. Era alta y robusta, con varias manchas de oxido a lo largo de su superficie. Estaba cerrada y no había nada que indicase lo que había tras ella. No había placas, ni un timbre, ni número de portal. Por no haber, ni tan siquiera había un cerrojo, al menos no en la cara exterior.

Me quedé paralizado frente a la dichosa puerta durante unos instantes, estudiándola al principio, movido por la curiosidad; pero luego simplemente pensando para mí mismo, nervioso y algo atemorizado con la idea de que pudiese haberme equivocado de camino en algún momento. Las puertas no aparecen de la nada, y aquella tenía pinta de llevar mucho tiempo en aquel mismo lugar. Así que el error debía haber sido mío. Pensé que quizás había automatizado tanto mi camino de vuelta que no había prestado suficiente atención. O que tal vez estaba tan cansado que en algún momento había girado a la derecha una calle antes de lo que solía hacerlo.

Pero aun así… Todo lo demás resultaba familiar. Lo único que estaba fuera de lugar era la puerta. Dudé. No sabía si debía continuar hacia delante, como si la puerta no estuviese allí, o volver hacia atrás para intentar reorientar mis pasos.

Decidí continuar un poco más en la misma dirección y al poco salí a una intersección con otra calle. Sabía exactamente donde estaba, había pasado por allí muchas otras veces. Unas cuantas calles más y llegaría a casa, conocía el camino, seguía siendo el mismo de siempre.

En cuanto a la puerta, no tardé en olvidarme del asunto. Una mala jugada por parte de mi memoria, que me había hecho ignorar aquella puerta hasta esta misma noche. ¿Cómo llaman al fenómeno, cuando algo que deberías conocer no te resulta familiar? “Jamais vu”, creo. Sí, definitivamente ese debió ser el caso.

No volví a pensar en el asunto hasta la noche siguiente, cuando de nuevo emprendí el camino de vuelta a casa desde el trabajo. El problema fue que esta vez no encontré lo que buscaba. Llegué hasta el portal de mi casa, tomando el mismo camino, y durante todo el trayecto estuve atento, para volver a ver la puerta que me había desorientado la noche anterior. Pero no estaba allí, no estaba en ningún sitio.

Nuevamente, intenté racionalizar el asunto. La conclusión más lógica era que, después de todo, la noche anterior sí que debí haberme confundido de camino, aunque acabase por llegar al mismo sitio. Una curiosidad, pero tampoco algo en lo que pensar demasiado.

Pasaron los días y al final olvidé por completo el incidente. Dejé de buscar la puerta al salir de trabajar. Y entonces, varias semanas más tarde, la encontré de nuevo. Al igual que la vez anterior, la súbita aparición me obligó a detenerme, a preguntarme, a temblar con inquietud sin saber muy bien por qué.

Llevé mi mano hasta aquella superficie metálica, para tocarla y comprobar que era real y no estaba perdiendo el juicio. Pasé las yemas de los dedos por encima, notando su aspereza y un frío tan extremo que parecía extenderse hasta lo más profundo de mi ser. Al apartar la mano, me quedé mirando la palma y pude ver restos de pequeñas partículas de óxido que se habían desprendido del metal y se me habían quedado pegados. ¿Cuántas más pruebas necesitaba para convencerme a mí mismo?

Volví a mirar a la puerta. Después giré la cabeza a izquierda y derecha, buscando a alguna persona más que pudiese ver lo que yo estaba viviendo, o quizás tan solo que pudiese acompañarme en la soledad que me provocaba la perturbadora visión. Pero no había nadie. La calle estaba desierta. Éramos tan solo la puerta y yo. Uno atemorizado, la otra expectante.

Y entonces lo vi. Una pequeña diferencia respecto a la experiencia pasada. La puerta no estaba perfectamente encajada. Se encontraba ligeramente desplazada hacia el interior desde uno de sus laterales, como si se hubiese quedado mal cerrada.

¿Podría ser que estuviese abierta en esta ocasión? La idea me heló la sangre. Me imaginé a mi mismo intentando alejarme por la calle, solo para ser súbitamente arrastrado hacia atrás, y en dirección a la puerta, por algún tipo de ente espectral que hubiese esperado a que me diese la vuelta para salir y atraparme.

Tenía que asegurarme. No creía ser capaz de seguir caminando si no lo hacía.

Puse la mano sobre la puerta y empujé hacia dentro. No se abrió, seguía cerrada. Sin embargo, sí que noté como cedía un poco, como si el mecanismo que la mantenía cerrada estuviese más holgado, o como si se hubiese desgastado desde la última vez.

Le di una patada y grité por pura frustración. Suerte que no había nadie más allí para escuchar el alarido de este pobre loco.

Me di la vuelta y me encontré con una mujer mirándome atemorizada. Cuando se dio cuenta de que la había visto agachó la cabeza y continuó caminando por la acera, alejándose rápidamente de una persona que claramente no estaba en sus cabales y podía ser peligrosa.

—¿Ves la puerta? —grité— ¿Tú también puedes verla?

La mujer no contestó, obviamente, y pronto se encontró fuera de mi vista. Me reí de mi mismo, al pensar en la manera en que había asustando a la pobre mujer con mi absurda obsesión. Todo por una estúpida puerta. Algo tan mundano.

Volví a darme la vuelta hacia la pared, para volver a ver la puerta una vez más antes de irme. Pero no estaba allí, había desaparecido.

En aquel momento decidí que necesitaba ayuda. Estaba viendo algo que no existía y podía ser a causa de un problema grave, psicológico en el mejor de los casos, o un tumor en el peor. Regresé a casa, sin poder dejar de pensar en ello, atemorizado por una enfermedad que quizás me estaba corroyendo por dentro y que me mataría eventualmente.

Pero al día siguiente, bajo la luz del sol, las cosas se veían distintas y menos aciagas. El susto ya se había pasado y pensé que, quitando de aquella dichosa puerta que había visto en dos ocasiones, por lo demás me encontraba bien, y si de verdad me ocurriese algo, tendría que estar experimentando otros síntomas. Todavía pensaba que necesitaba hablar de alguien sobre la puerta, pero no tenía porque ser algo urgente. En fin, me convencí mi mismo de que no pasaba nada por esperar un poco, asegurarme de que era necesario discutir el tema con alguien que quizás fuese a colocarme una etiqueta de lunático en el pecho.

“Solo si vuelvo a verla” me dije a mí mismo. “Si vuelve a aparecer la puerta, buscaré ayuda”.

Por supuesto, en esta ocasión no olvidé el asunto, no hubiese sido capaz. Regresaba cada día del trabajo caminando con miedo, despacio y prestando atención. Temía encontrar la puerta de nuevo, temía lo que eso pudiese significar.

Y mis temores… ¡Ojala hubiesen sido infundados! Pero por desgracia no tardé en encontrarme nuevamente parado en medio de una calle vacía y oscura, mirando aterrorizado hacia algo que no debería estar allí.

Estaba abierta. ¡Por todos los dioses! La puerta estaba abierta de par en par.

El corazón me latía frenéticamente en el pecho. Las rodillas me temblaban. Perdí la voz y la capacidad de moverme. Me quedé petrificado en el sitio mientras gotas de sudor frío empapaban mi ropa.

Más allá del umbral parecía haber un parque, sumido en la oscuridad más absoluta, en silencio y completamente inmóvil. Nada ni nadie se movía en el interior, ni tan siquiera las hojas de los arboles se mecían con el viento, que allí parecía inexistente. No había ningún punto de luz en la distancia. Era imposible adivinar el tamaño del lugar. Cuanto más se alejaba la vista, la oscuridad se hacía más y más intensa, envolviéndolo todo, como una niebla densa y negra.

Era solo un parque. Pero la visión me resultaba increíblemente perturbadora, como si aquellos inocentes arboles fuesen en realidad las columnas de la entrada al infierno.

Quería irme de allí, salir corriendo sin mirar atrás, dimitir de mi trabajo para no tener que volver a pasar por estas calles y encontrar la puerta. Pero por más que lo intentaba no lograba hacer que mis pies se despegasen del suelo. O al menos no hasta que di un paso en dirección a la puerta.

Me llamaba en silencio. Me invitaba a entrar. Me prometía paz. Me decía que existía solo para mí.

Antes de darme cuenta, la puerta había quedado a mi espalda.

Fue como si me hubiesen extirpado los oídos de golpe. Los sonidos de la calle desaparecieron. Mis pasos no hacían ruido alguno al pisar la grava del camino. Entré en pánico al no poder escuchar mi respiración. Primero me asustó la posibilidad de estar ahogándome. Después temí haberme quedado sordo. Me golpeé con las palmas de las manos en los laterales de la cabeza, sobre los oídos, esperando alguna reacción. Grité con todas mis fuerzas y me derrumbé, postrándome en el suelo, frustrado y fatigado al no poder escuchar mi propio llanto.

Y entonces la luz comenzó abandonar mis ojos de forma gradual. Como una cortina que se cierra lentamente, y luego otra y otra más.

Volví la vista atrás y pude ver, no sin dificultad, como la puerta por la que había entrado parecía ahora muy lejana. Y se hacía cada vez más pequeña. El tenue brillo que quedaba en el mundo se iba estrechando, condensándose en una minúscula franja brillante. La puerta se estaba cerrando.

Intenté levantarme y no fui capaz. Una enorme presión me obligaba a mantenerme inclinado. Una presión que se hacía cada vez mayor a medida que la puerta se cerraba en la distancia, amenazando con aplastarme sin no salía antes de que fuese demasiado tarde. Desesperadamente, comencé a moverme hacia delante, intentado alcanzar la salida. La presión se hizo más grande. Caí de rodillas y seguí avanzando, con pesadez, arrastrándome sobre la grava, rasgando mi ropa con la fricción, arañando mis rodillas y alimentando esa tierra maldita y voraz con mi propia sangre.

Por más que me esforzase, la salida parecía estar siempre a la misma distancia. Y nuevamente la presión fue demasiado grande, esta vez aplastando mi torso contra el suelo. Repté y pataleé, empujándome con los brazos para poder continuar.

Me quedé ciego. Desapareció la poca iluminación que quedaba. Y aun así continué arrastrándome. Perdí un zapato por el camino. Algo tiraba de mi pie desnudo, envolviéndolo, queriendo retenerme. Pero no me rendí, todavía no.

Y entonces toqué el metal con los dedos. Agarré la puerta con las dos manos y tiré con fuerza, evitando así que se terminase de cerrar y quedase cerrada para siempre, tragándome y borrando toda señal de mi existencia. El metal empezó a ceder. Volvió la luz y, a medida que lo hacía, comencé a liberarme de la presión que limitaba mis movimientos. Me levanté y tiré con más fuerza. Y en el momento en que la grieta fue lo bastante grande, salí rápidamente, cerrando la puerta tras de mí.

El aire al entrar en mis pulmones. Un pájaro. Una sirena en la distancia. Una televisión con el volumen demasiado alto en un piso cercano. El viento en los arboles. El sonido de mi ropa contra al rozar el cuerpo. Todo regresó. No, no todo. Algo quedó atrás, algo importante quedó atrapado en aquel lugar.

No recuerdo cómo, pero llegué a casa. Busqué unas hojas de papel y comencé a escribir el relato de lo ocurrido.

He escrito estas líneas no para que me encuentren, sino para dejar constancia de mi existencia, de que una vez fui y quizás todavía lo sea, en algún lugar, de algún modo. Y es que no tengo la menor duda de que volveré a ver la puerta. Es mi puerta después de todo, y me seguirá donde quiera que vaya. Volverá a persuadirme, volverá a atraparme, y la próxima vez no me permitirá escapar, tal vez yo ni siquiera quiera intentarlo.

El alivio del olvido frente a la eterna soledad de un caminante nocturno. No es tan mal trato.

domingo, 25 de agosto de 2019

Microrrelato: Ensueño


ENSUEÑO


Al caer la noche nos encontramos, dos náufragos sin embarcación, dos apasionados de la belleza natural del mundo. Compartimos experiencias y entrañables recuerdos de grandes aventuras. Dormimos arropados por un manto de estrellas imperecederas, y al llegar la mañana las hadas vinieron a recogerte. En cuanto a mí, emprendí el camino de regreso. 

Un año pasó y el calor del verano reavivó tu recuerdo con sus llamas. En otro monte distinto te busqué, guiándome por el aroma de las flores silvestres y el canto de los pájaros. Recorrí las rutas, esperanzado y ansioso por revivir un momento fugaz atrapado en una ensoñación febril. 

Perdí la orientación. Me adentré cada vez más en un hermoso y desconocido mundo. Sin embargo, presa del cansancio, mi cuerpo no pudo dar más de sí y me derrumbé sobre una loma olvidada. 

Una estrella fugaz me halló exhausto y me recogió con suavidad para ponerme a salvo. 

Al abrir los ojos contemplé el infinito. Al incorporarme descubrí que no estaba solo. Otro rostro me miraba con tus ojos, otros labios me mostraban tu sonrisa. Creamos un nuevo recuerdo, sabiendo que, si te desvanecías con la luz del alba, el próximo verano te traería de vuelta.

miércoles, 26 de junio de 2019

Relato: Tienes tiempo


TIENES TIEMPO



Observas cómo ocurre. No es tan inevitable como pueda parecer. Se desliza lentamente hacia delante mientras el caucho se esfuerza en vano por mantener su posición.

Es mucho lo que podrías hacer. Lo más fácil sería simplemente salir. Nada te lo impide al fin y al cabo. Pero todo lo que haces es mirar al vacío y esperar, como si estuviese mal luchar contra el destino, como si la fuerza que te estuviese empujando residiese en un lugar más allá de la gravedad.

Te están hablando pero no lo hacen con tu misma calma. Es la súplica de aquellos que sí que han tomado una decisión. Te ruegan en la distancia porque nadie quiere acercarse a tu lado. No deja de ser irónico porque quizás su roce pudiese sacarte de tu estupefacción. Puedes verlos pero no los ves, son sombras moviéndose lenta y pesadamente. La reacción no deja de resultarte curiosa.

Con un pequeño gesto podrías revertir la situación. La fricción es suficiente, la voluntad no. Es la repetición de un sueño de antaño. Ahora lo vives como lo viste con los ojos cerrados. Tenía que llegar y, si ignoras la situación y luchas contra ella, quizás el evento no vuelva a repetirse jamás. ¿Y entonces qué sería de ti? Este es tu lugar. Aquí sentado mientras la atracción del mundo te va atrapando centímetro a centímetro. El abismo se acerca pero sigue siendo distante, desde tu perspectiva al menos.

Y qué hay más allá. Un lecho de piedra y grava te aguarda. No obstante, no crees en ello. No es porque te veas a ti mismo ascendiendo en la gloria celestial, sino que en eres consciente de que en algún momento dejarás de esperar y entonces la velocidad ganará al entendimiento.

¿Y esos rasguños? Claro, el gato. Él no podía decidir y lo han dejado olvidado. Aquí las caricias ya no sirven de nada. Esa misma palanca que tienes a la derecha podrían cambiar su situación, pero entonces también lo haría la tuya. Y no eres capaz de decidirte si eso es lo que de verdad deseas. Porque, si no dejas que ocurra, ya no sabrás a qué atenerte, ignorarás la historia que te aterrorizaba cada noche, y deberás decidir una y otra vez, solo para fallar en la mayoría de las ocasiones.

Te tiembla la mano, pero solo un poco. No es porque tengas miedo. La vibración se transmite desde la tierra a tu corazón, cada vez con más intensidad. Con el cuerpo pesado te das la vuelta y dejas escapar al animal de su prisión. O al menos, piensas que lo hará, escapar. Pero no, el pobre bicho también tiembla y no se mueve del sitio. Te gustaría pensar que solo quiere hacerte compañía, pero sabes que no es así. Lo que necesita es un empujoncito. Le das un manotazo al transportín y la fiera sale de un salto, vuela por la ventana y aterriza en los brazos de algún niño con un olor familiar.

Una cosa menos. ¿Ves? Y todo eso ha sido bastante sencillo. Ya podía haberlo hecho algún otro, piensas. Miras adelante y luego hacia atrás. El pasado se aleja. El futuro se agota.

Con calma y sin perder la compostura te desabrochas el cinturón y lo devuelves a su lugar con sumo cuidado. Quitas la llave del contacto y te la guardas en el bolsillo de la camisa. Recoges todos tus efectos personales de la guantera, y las gafas, también las gafas. Después te aseguras de dejar todas las ventanillas bien cerradas. Y solo entonces te apeas del vehículo.

Pisas suelo firme en el momento en que el coche deja de hacerlo. Un estrépito. Una bofetada. Un abrazo. Todo ha acabado.