lunes, 27 de mayo de 2013

Artículo de opinión: El miedo, la evolución del mecanismo

El miedo, ese concepto que no es desconocido para nadie y que pese a ello se manifiesta de forma distinta para cada persona. Puede ser debido a causas diametralmente opuestas u puede ocasionar todo tipo de reacciones en nuestro cuerpo, pero no hay un solo individuo que lo experimente del mismo modo. Siendo entonces algo con tanta variabilidad, resulta curioso que todo el mundo pueda identificarlo rápidamente. Si lo pensamos bien, es un concepto abstracto y difícil de explicar y sin embargo se aprende en una edad muy temprana.

Hay miedos que los desarrollamos con el tiempo, otros han estado siempre ahí y hay incluso algunos que podríamos considerar primigenios, unos miedos que suelen ser comunes para un amplio conjunto de personas. Es una idea fascinante, la de un elemento que siempre ha existido en este planeta, que se transforma y adapta, que evoluciona al mismo tiempo que la sociedad y que no atiende a edad, sexo o raza. El miedo es una de las pocas verdades universales que existen y por ello merece nuestro respeto.

Ya en nuestros primeros años tenemos encontronazos con el miedo. En un principio es un mecanismo de aprendizaje más, una manera que tiene nuestro organismo de que algo no es bueno o de que es potencialmente peligroso. Si no fuese por el miedo a las alturas, seguiríamos caminando ciegamente hacia el barranco y moriríamos por no haber aprendido a tiempo que las caídas te pueden matar. El miedo puede surgir de una mala experiencia, recordándonos en el futuro que nuestras acciones pueden tener un resultado desagradable o doloroso. Quien se siente atraído por vez primera hacia la sinuosa danza de la resplandeciente llama, ya no vuelve a hacerlo más porque aprende que el fuego quema.

Pero qué pasa con el miedo irracional, cuando nos envuelve esa sensación en un momento en que no tiene ningún sentido, cuando no nos avisa de un peligro real y no ganamos con ello ningún consejo para nuestra supervivencia. Y es que al parecer el mecanismo del miedo no tiene un botón de pausa, sigue actuando durante toda nuestra vida a menos que nosotros mismos consigamos mantenerlo bajo control. Porque resulta que cuando somos adultos, para sobrevivir, no necesitamos sentirnos paralizados por la misma respuesta de miedo que cuando éramos pequeños, sino todo lo contrario. Ante una amenaza debemos ponernos en movimiento y si las rodillas nos tiemblan o se nos bloquean perdemos unos valiosos segundos que pueden ser nuestra perdición.

Puede ser que las causa de que aquel mecanismo que tanto bien nos hizo durante la infancia acabe por funcionar de forma ineficaz en la adultez, sea precisamente por la variedad y la cantidad de miedos específicos que van de una persona a otra.

Un mecanismo genérico para unos problemas de supervivencia básica es insuficiente y por ello el cuerpo tiende a sobre-compensar, tal vez porque se reconoce que hay una amenaza pero no se identifica cuál, lo que ocasiona que se pongan en marcha las mismas reacciones que funcionaron en el pasado. Lo malo de esto es que por lo general las soluciones antiguas ya solo no son validas, sino que pueden incluso empeorar determinadas situaciones angustiosas.

Por supuesto la culpa de todo ello no está solo en una evolución natural que no sabe adaptarse al paso de los años, también la tenemos nosotros mismos y nuestra sociedad. Hoy en día estamos creando constantemente situaciones de peligro que acaban traduciéndose en nuevos miedos.
Cuando se creó ese mecanismo del miedo, nuestro organismo no conocía las guerras, el terrorismo, los robos, el fracaso, las falsas esperanzas, los cultos, los monstruos salidos de nuestra imaginación, no había cáncer, no había desengaños, no existían las armas de fuego, ni siquiera éramos plenamente conscientes de nuestra propia mortalidad y mucho menos de que no somos más que una mota de polvo en el vasto universo.

¿Puede ser entonces que la autentica razón por la que nuestro mecanismo de miedo se volviese ineficaz se deba a un exceso de información? ¿O es debido a la necesidad del ser humano de alterar el mundo que le rodea?

En mi opinión la respuesta es lo de menos, el autentico aprendizaje está en el formularse las preguntas. Tal vez si aprendemos a entender el miedo, no como un concepto genérico, sino nuestros propios miedos, entonces podamos no cancelarlos pero sí lograr convivir con ellos sin que lleguen a abrumarnos.

En cualquier caso, y por más que se piense en ello, el miedo es y seguirá siendo un concepto fascinante, ¿no os parece?

5 comentarios:

  1. Me gustarìa recordar cuando fue la primera vez que tuve miedo...Ahora convivo casi a diario con èl, o serà la paranoia de que les ocurra algo a los que quiero. Espero ayudar a combatirlo, leyendo tu blog. Suerte Erik.

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  2. Si mis humildes palabras te pueden ayudar me alegro y, en cualquier caso, te agradezco la participación en el blog con tu comentario.

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  3. Muy buen post Erick, bienvenido a la blogesfera, mucha suerte, aunque con lo bien que escribes y las ideas tan claras no te va a hacer mucha falta. Respecto al miedo, siempre me viene a la mente una cita de uno de mis libros preferidos: "No tendré miedo. El miedo mata la mente. El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total. Afrontaré mi miedo. Dejaré que pase por mi y através de mi; y cuando gire mi ojo interior para escrutar su camino, estaré solo yo. Mi miedo habrá desaparecido".
    Un saludo!

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  4. Hace mucho leí una teoría sobre el miedo que decía algo así como que en los mamíferos había dos formas de reaccionar a una situación que nos provoca miedo. Una era la del conejo, que era quedarse totalmente inmóvil y otra era la del ciervo, que era echar a correr (no recuerdo si eran esos animales). La cosa es que para unas situaciones, nuestro estilo para reaccionar nos ayudará o nos perjudicará. Enhorabuena por el blog Erick

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  5. Bueno Erik. No encontraba mi account. Soy yo el anònimo de arriba. Un saludo.

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